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Gatsby
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ligeramente, y manchaba su mejilla izquierda una
pequeñacicatriz causada por una gota de vitriolo, felizmente la
única de unfrasco entero que le había arrojado una celosa rival,
con la aviesaintención de desfigurar tan bonito jeme. Sin
embargo, cuando elobservador alcanzaba a notar la irregularidad
de su mirada, quedaba porlo general incapacitado para criticarla
y no faltaba quien pretendía quela mancha de su mejilla le
añadía mayor seducción y donaire. El joveneditor de El Alud, de
Fiddletown, sostenía reservadamente que era unhoyuelo
disimulado y al coronel Roberto le recordaba las
tentadoraspecas de los tiempos de la reina Ana, y más
especialmente a una de lasmás hermosas y malditas mujeres, sí,
¡malditas sean! en que jamás sehayan podido fijar ojos
humanos. Era una criolla de Nueva Orleáns. Dichamujer tenía
una cicatriz, un costurón que le cruzaba (a fe que esverdad),
desde el ojo derecho a la boca. Y esta mujer, amigo, lepenetraba
a uno... amigo, le enloquecía... verdaderamente le condenabael
alma con su maldita fascinación. Un día le dije:
—Celeste, ¿cómo demonio se te hizo esa maldita cicatriz? A
lo que mecontestó:
—Roberto, a ningún blanco más que a usted lo contaría; esta
cicatriz mela hice yo con toda intención, me la hice yo misma, a
fe.
Estas fueron sus propias palabras; puede que ustedes las tomen
por unasolemne impostura; pero yo puedo aportar todas las
pruebas de que esverdad.
La población masculina de Fiddletown estaba o había estado
enamorada deella en su mayor parte. De este número, como una

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