independenciaamericana; pues por aquel entonces, rotas las buenas relaciones entreEspaña é Inglaterra, ésta
buscaba todos los medios hábiles de hacer laguerra á aquella, y el mencionado despacho, impreso de órden
de Picton,circuló con gran rapidez entre todos los venezolanos.
Esta determinacion del gobernador inglés tenia lugar el 26 de Junio, ycerca un año mas tarde, el 4 de igual
mes de 1797, los conspiradoresresolvian dar libertad á los encarcelados para que fuesen á buscarauxilios
extranjeros, y facilitaban la evasion de todos ellos menos Laz,que habia sido ya remitido á su presidio hacia
algun tiempo, sin queeste hecho diese lugar por parte del gobierno á otra cosa que á algunaspobres é
infructuosas averiguaciones.
La gestion de aquellos hombres decididos en contra del gobierno que loshabia expatriado, poniendo entre
ellos y su suelo natural la inmensidadde los mares, fué bastante activa y produjo algunos buenos
resultados,disponiendo favorablemente los ánimos de los americanos residentes enEuropa á la causa de las
libertades patrias.
Casi todos los habitantes de la Guaira sabian que por el mes de Enero de1798 un grande acontecimiento
tendria lugar en el pais, y hablaban desus planes con poca reserva y sobrado calor.
Era por entonces capitan general Don Pedro Carbonell, en cuyas manosvino la casualidad á poner el hilo de
la trama, ó mas bien que lacasualidad la poca discrecion de un comerciante de Carácas, llamado
DonManuel Montesinos y Rico, quien deseoso de hacer prosélitos se franqueóá su barbero, mancebo
timorato y de pocas luces. Este, despues de haberdescubierto el secreto á otros jóvenes de su clase, y previo
acuerdo detodos, fué á consultar el caso con un sacerdote amigo suyo llamado DonDomingo Lander. Por
boca de este y de otro clérigo llegó á oidos delprovisor, quien lo notició al capitan general.
Preso Rico y ocupados sus papeles, ofreció Carbonell á los conjurados elperdon y olvido de su delito,
siempre que se presentasen en ciertotérmino ante su autoridad. Semejante medida produjo grande alarma
entretodos los iniciados, despertando en sus ánimos el temor de versedenunciados unos á otros, y corrieron
de tropel á ponerse en manos delas autoridades, con la inocente credulidad de hombres novicios en elarte
de conspirar.
Pronto las cárceles se vieron atestadas de venezolanos honrados ylaboriosos. Aun no habia corrido un mes
desde la denuncia, cuando ya seoficiaba á la Córte de España diciéndole: "que á excepcion de dos,
quehabian buscado amparo en las colonias extranjeras, los demás cómplicesse hallaban presos." Don
Manuel Grial, capitan retirado y Don José MariaEspaña eran los referidos prófugos.
Pero en vez de perdonar y olvidar, conforme á la promesa, en Agosto delmismo año ordenaba la Audiencia
que los detenidos fuesen desterrados áperpetuidad y trasladados unos á la metrópoli y otros á Puerto-Rico.
Algunos meses despues, el capitan general era reemplazado por Don Manuelde Guevara Vasconcelos,
quien haciendo un uso inhumano de las ámpliasfacultades de que iba investido, condenó á ser ahorcados
ydescuartizados á seis de los principales conspiradores. Este inicuo éinjusto proceder exacerbó al pueblo
venezolano, tanto mas cuanto que lospromovedores de la conspiracion, Sebastian Andrés y José Laz, á
pesar desu mayor delito por esta circunstancia y la de ser reincidentes nomerecieron otra pena que la de
reclusion en las provincias de Panamá yPuerto-Cabello.
Asi inauguraba Guevara su entrada en el mando y la del año 1799, en cuyomes de Abril fué apresado Don
José Maria España, á quien su malaestrella trajo desde la Trinidad á la Guaira en busca de su esposa;
latierna solicitud de esta no bastó á tenerle bien oculto ni defendidocontra las pesquisas de los agentes del
gobierno. El 8 de Marzo, estoes, á los nueve dias de su captura, sufrió el desgraciado la pena dehorca y su
cabeza, dentro de una jaula de hierro, estuvo expuesta alpúblico en la Guaira, mientras sus mutilados
miembros fuerondistribuidos entre varios pueblos y fijados en escarpias al borde delos caminos.
Pero semejantes medidas de terror solo servian para enconar mas y maslos ánimos y excitar el ódio y
general descontento de un pueblo digno demejor suerte, tratado con tan cruel manera, como el mas abyecto
delos esclavos.
Asi cerraban los desaciertos de España el siglo XVIII, contribuyendo nopoco de este modo á acelerar la
emancipacion de Venezuela y la de todaslas otras colonias, cuyos clamores, llevados á Europa por algunos
de susmas decididos patriotas, solicitaban de Francia é Inglaterra losnecesarios socorros para emprender la
obra santa de su independencia ytratar de sacudir para siempre el pesado, el ominoso yugo ejercido
allidesde hacia tres siglos por los españoles con menoscabo, injusticia yfragrante impunidad de los sagrados
derechos naturales de aquellos quellevaban su sangre, de aquellos cuyo sudor y afanes no eran aunbastantes
á alimentar su insaciable codicia.
Entre los celosos gestores de la mas noble de las causas figuraban elperuano Don José Caro, el granadino
Don Antonio Nariño y, con sus vastasrelaciones y gran nombre europeo, el caraqueño Don Francisco
Miranda.Llenos todos tres de ardiente patriotismo, todos tres animados delmejor deseo, ponian en juego