Not a member?     Existing members login below:
Holidays Offer
 

Bailén

Vino la noche. Los franceses, muertos de fatiga y de hambre en su campamento, aguardaban con
anhelo a que la capitulación estuviese firmada. Los que menos paciencia tenían eran los suizos
afiliados en el ejército imperial, y así que obscureció, empezaron a pasarse a nuestro campo. Un
historiador francés, queriendo atenuar el desastre de los suyos, ha escrito que la defección
ocurrió durante la batalla: pero esto es falso. Lo peor es que otro historiador, no francés, sino
español, lo ha repetido con lamentable ligereza, faltando así a su patria y a la verdad, que es
superior a todo.
La capitulación iba despaciosamente, porque los parlamentarios se habían juntado en Andújar,
residencia del General en Jefe, y en Bailén no teníamos noticia de lo que allí pasaba. Temiendo
que los enemigos intentaran escaparse, nuestros generales tomaron acertadas precauciones, y la
artillería ocupó, mecha encendida, los puestos convenientes. Al mismo tiempo millares de
paisanos, discurriendo por cerros y alturas, hostigaban de tal modo a los franceses, que no les era
posible moverse. Esta vigilancia permitía descansar a una parte del ejército; y especialmente los
heridos, aunque sólo lo fueran muy levemente, como yo, teníamos libertad para estar en el
pueblo, donde nos ocupábamos en reunir víveres y llevarlos a los del campamento, así como en
acomodar a los heridos graves en las principales casas.
Salía yo de Bailén con un cesto de víveres para unos jefes de artillería, cuando tropecé con
Santorcaz, que volvía seguido de algunos voluntarios de Utrera y licenciados de Málaga.
—¡Oh, Sr. de Santorcaz!—exclamé con la mayor sorpresa—. ¿Está usted vivo? Yo le hacía en el
otro barrio.
—No, muchacho, vivo estoy—me respondió—. Dios quiere que todavía el que está dentro de
esta camisa dé mucho que hacer en el mundo.
—¿Pero tampoco está usted herido?
—Aquí tengo un par de rasguños; pero esto no es nada para un hombre como yo. Ya sabes que
me han hecho sargento. No vine aquí para ganar charreteras; pero puesto que me las dan, las
tomo.
—Grandes hazañas habrá hecho el señor D. Luis.
—Poca cosa. Caí del caballo, y a pie defendíme rabiosamente contra tres o cuatro franceses.
Reventé a uno, descalabré a otro, y me volví a nuestro campo con un águila que entregué al
marqués de Coupigny. Al recoger de mis manos la bandera, el General, después de preguntarme
si era licenciado de presidio, me dijo: «Es usted sargento.» ¿Ves? Me han puesto al frente de este
pelotón de buenos muchachos; ¿quieres venirte con nosotros?
Diciendo esto, señaló a los esclarecidos varones que le seguían, los cuales, o yo me engaño
mucho, o eran la flor y nata de Ibros, Sierra de Cazorla y Despeñaperros, todos gente de
ligerísimas piernas y manos. Dile las gracias por el ofrecimiento, y seguí mi camino.
—¡Ah! ¿Qué sabe usted de D. Diego?—le pregunté, volviendo atrás.
Remove