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Bailén

—¿Qué noticias, Sr. D. Francisco? ¿Se pueden saber?—pregunté, disponiéndome a acompañar
al ayo por el campo de batalla.
—¡Noticias estupendas y que le harán saltar de gozo! Esta mañana recibió la señora un propio de
la marquesa de Leiva, anunciando que Su Excelencia, con la Condesa, con la señorita Inés y el
Sr. Marqués, salen de Córdoba para Madrid, adonde les llama un negocio de mucho interés para
las dos familias.
—El camino no está para viajes, señor D. Paco.
—Vienen por Menjíbar, y anuncian que de esta noche a mañana llegarán a casa, donde piensan
detenerse algunos días, no sólo para tomar descanso, sino para que ambas familias se conozcan y
traten, pues son ramas que van a injertarse, formando un solo árbol frondoso que eche profundas
raíces en el suelo de la nación, y dé sombra a numerosa, ilustre prole.
—Sí; ya sé que el señorito se casa....
—¡Ay! ¡Dónde estará ese Juan Enreda de D. Diego!... Sí, se casa. He visto el retrato de la Srta.
Inés, que es un portento de hermosura. Pues sí; la niña no quería salir del convento, aunque se lo
predicaran frailes teatinos; pero yo no sé: algo pasó allá a principios del mes, o sin duda la joven,
al ver el retrato de don Diego, sintió la flecha del dios ceguezuelo en su corazón. Lo cierto es que
ha pedido salir del convento con gran regocijo de sus parientes, y ahora marchan todos a Madrid
para las diligencias de la legitimación, porque ya sabes tú que....
—Sí: yo había entendido que esa joven era hija de la Sra. Condesa.
—¡Calla, deslenguado procaz! ¿Qué has dicho? La Sra. Condesa, prima de mi señora, ¿había de
tener semejantes tapujos? No hay tal cosa, chiquillo desvergonzado. La señorita Inés es hija de
una dama extranjera que ya no existe y que floreció hace quince años en la Corte, dando que
hablar por sus amores con un célebre caballero de esta ilustre familia. ¿Sabes quién es el padre
de D.ª Inés? Pues no es otro que ese espejo de los diplomáticos, ese discretísimo hermano de la
Sra. Marquesa de Leiva, el cual ha reconocido a la señorita por hija suya, y ahora se apresura a
legitimarla por autorización real para que entre en posesión del mayorazgo cuando Dios se sirva
llamar a su seno a la Sra. Marquesa de Leiva.
—¡Qué bien lo han compuesto todo!—exclamé, sin poder contener mi asombro.
—¿Cómo compuesto? Mi señora me ha participado esta mañana lo que acabo de decir. ¡Ah! Ese
sin par diplomático, que tanta fama tiene en todas las Cortes de Europa, ha dado una prueba de
caballerosidad poniendo su nombre a ese fruto de sus fogosidades juveniles, abandonado hasta
hoy, y que en lo sucesivo descollará cual arbusto lozano en el pensil de la sociedad española....
¡Pero ese D. Diego!... ¿En dónde está D. Diego? Hablemos al General en Jefe..., preguntemos a
esos soldados.... Digan ustedes, héroes de este día, que se anotará en los fastos de la Historia con
piedra blanca, albo notanda lapillo; oigan ustedes: ¿han visto por casualidad a D. Diego?
Y así iba preguntando a todos, sin que nadie le diese razón.
XXX
 
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