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Bailén

A pesar de la inferioridad de número y de posición de nuestras tropas, todo anunciaba que se iba
a trabar un combate tan encarnizado como el primero, y los valerosos paisanos, lo mismo que los
soldados de línea, ardían en generoso anhelo de morir, si era preciso, por rematar con una épica
tarde la mañana gloriosa.
Pero la Providencia, como he dicho, estaba de nuestra parte. Casi juntamente con los primeros
tiros de la embestida de Vedel, sonaron cañonazos lejanos, que al principio no supimos a qué
dirección referir.
—¿Qué es eso? ¿Hacen fuego por el Herrumblar, o es de la gente de Menjíbar?—preguntaban
allí.
—Es la división de D. Manuel de la Peña, que viene por la Casa del Rey—contestó uno que a
todo escape venía del primer campo de batalla.
La tercera división, enviada al amanecer desde Andújar por Castaños en seguimiento de Dupont,
había llegado, y al enemigo se anunciaba con disparos de pólvora seca. Aterrado con este nuevo
refuerzo, que aniquilaría los restos del ejército si Vedel al armisticio no se sometía, Dupont dió
enérgicas órdenes para que cesara el fuego de la división recién venida de Guarromán, y el fuego
cesó. Con esto, los nueve mil hombres de Vedel se sometieron de antemano al pacto que
ajustaba su General en Jefe.
Seguimos, sin embargo, sobre las armas, y las entradas de la villa continuaron custodiadas por
numerosas fuerzas, que se relevaban para proporcionarnos algún descanso. Cuando me tocó
dejar la guardia, dirigíme a una de las muchas casas del pueblo en que curaban heridos, para que
me pusieran algo en la mano izquierda, donde había recibido una contusión que, aunque ligera,
me escocía bastante. Regresaba luego a pie en busca de mi puesto, cuando sintiendo una mano
en mi hombro, miré y tuve el gusto de encontrarme cara a cara con D. Paco, el maestro y ayo de
don Diego.
—¿Qué ha sido del niño? ¿Dónde está? No ha venido por casa—me dijo con tono angustiado y
poniéndose pálido.
—Sr. D. Paco—le contesté—, francamente, no sé dónde está el Sr. Conde, aunque me parece
que debe de estar vivo.
—¡Qué miedo, qué pavor! ¡La santa Virgen de Araceli, la de Fuensanta, la del Pilar y la del
Tremedal todas juntas nos favorezcan! Las piernas me tiemblan, Gabriel, y si mi señor y
discípulo no parece, yo no me atrevo a decírselo a la señora.
—Ya parecerá; yo le vi poco antes de concluir la batalla. Andará por cualquier lado.
—Es raro que estando sano y salvo no viniese a casa o mandara un recado. ¿En dónde hay
caballería?
—En San Cristóbal, en donde estaba la batería, en la noria; en los altos de la derecha, en los del
Guadiel, hacia el Herrumblar, en muchas partes. Ya andará el Sr. D. Diego por ahí.
—Dios lo quiera. Voy, corro a buscarle. Dime tú..., ya no harán fuego, ¿eh? ¿Habrá peligro en
andar por aquí? Si quisieras acompañarme.... ¡Diantre con el niño, y si supiera él qué buenas
noticias le traigo, cómo se apresuraría a venir a mi encuentro!
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