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Bailén

con regocijo la desaparición de quien, interponiéndose entre mi ideal y yo, alteraba a mis ojos el
equilibrio del universo, más que Napoleón el de Europa.... En medio del delirio de aquella gran
victoria, una de las más trascendentales que han ocurrido en el mundo, yo permanecía mudo y
mi caballo me transportaba de un lado para otro, según su albedrío. En mi derredor la
efervescencia de aquella patriótica alegría, de aquel entusiasmo febril, causaba estrepitoso
oleaje. Allí la persona humana había desaparecido, fundiéndose en el hermoso conjunto de la
sociedad o la nación, que era sin duda la que conmovía a la tierra con sus gritos de gozo. El
único que se conservaba aislado y podía llamarse hombre era el egoísta Gabriel, grano de arena
no conglomerado con la montaña, y que rodaba solo, haciendo por su propia cuenta las
revoluciones establecidas para la armonía del mundo.
«Es preciso averiguar si realmente ha muerto Rumblar.... ¿Entrará al fin Inés en la familia de su
madre? ¿La perderé para siempre? ¿Debo reírme de mi necia y ridícula aspiración? ¿Un hombre
como yo puede subir a tanta altura? ¿La misteriosa obscuridad de los tiempos venideros ocultará
alguna cosa que destruya este nivel espantoso? ¿Puedo esperar o resignarme desde ahora,
bendiciendo la mano de la Providencia que me arroja en el polvo de donde nunca debí intentar
salir?»
Estas preguntas me hacía, cuando un acontecimiento no previsto vino a alterar repentinamente la
situación de las cosas fuera de mí. Corría el ejército a ocupar sus posiciones; la corneta y el
tambor convocaban a todos los soldados, y gran número de gentes del pueblo, hombres y
mujeres, corrían hacia las calles de Bailén. Nuestros destacamentos habían divisado las
columnas avanzadas del general Vedel, que venía de Guarromán en auxilio de Dupont, y, a poca
distancia ya, un cañonazo nos anunció la presencia de un nuevo enemigo. ¡Ay! ¡Si Vedel hubiese
llegado un momento antes, poniéndonos entre dos fuegos! Pero Dios, protector en aquel día de la
España oprimida y saqueada, permitió que Vedel llegase cuando estaba convenida ya la tregua y
se había principiado a negociar la capitulación.
Al instante mandó Reding un oficio al General francés dándole cuenta de lo ocurrido, y los
enemigos se detuvieron más allá de una ermita que llaman de San Cristóbal, situada a mano
izquierda del camino real, yendo de Bailén a Guarromán. Al poco rato vimos un oficial francés
que llegó al pueblo con un oficio para Reding y otro para Dupont, y como en el Cuartel General
de éste se estaban ya negociando las bases de la capitulación, nos consideramos seguros de no
ser atacados por la parte alta del camino, a causa de que la acordada suspensión de armas debía
afectar a todas las fuerzas que componían el ejército imperial de Andalucía.
A pesar de esta confianza, varios regimientos, entre ellos el de Irlanda y el famosísimo de
Órdenes militares, que tanto se había dis tinguido en la batalla, ocuparon el camino frente a las
tropas de Vedel, las cuales iban llegando por momentos y tomando posiciones. Mi regimiento
fué colocado en la entrada oriental del pueblo. Sería poco más de la una cuando los franceses de
Vedel, sin aguardar a que les contestara Dupont, rompieron el fuego contra Irlanda,
sorprendiéndoles con fuerzas considerables. Gran efervescencia y algazara y tumulto en nuestras
filas. Todos querían ir, no a combatir con los franceses, sino a pasarlos a cuchillo, por violar las
leyes de la guerra. Pero nosotros teníamos, para sojuzgar a los traidores, rehenes preciosos,
cuales eran los restos del ejército de Dupont, que estaban en nuestro poder, como una víctima
maniatada y con la cabeza sobre el tajo. Durante la confusión que siguió al ataque, algunas
tropas acudieron a cercar el campo francés vencido, y otras corrieron en auxilio de los
regimientos de Irlanda y Órdenes, puestos en gran compromiso.
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