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Bailén

Nuestros soldados se abrazaban con júbilo. Confundíanse los diversos regimientos y los paisanos
advenedizos con la tropa. La gente del vecino pueblo de Bailén acudía con cántaros y botijos de
agua. Agrupábanse hombres y mujeres junto a los heridos para recogerlos. Los caballos recorrían
orgullosos la carretera, y los generales, confundidos con la gente de tropa, demostraban su
alegría con tanta llaneza como ésta. Los gritos de «¡Viva España!, ¡Viva Fernando VII!»
parecían sublime concierto que llenaba el espacio, como antes el ruido del cañón; y el mundo
todo se estremecía con el júbilo de nuestra victoria y con el desastre de la Francia, primera
vacilación del orgulloso Imperio. En tanto, yo recorría el campamento, miraba al suelo, miraba
las manos de todos, las cureñas de los cañones, los charcos de sangre, los mil rincones del suelo,
junto al cuerpo de un herido, y bajo la cabeza del caballo moribundo. Marijuán se llegó a mí con
los brazos abiertos y gritó:
—Los vencimos, Gabriel. ¡Viva España y los españoles, y la Virgen del Pilar, a quien se debe
todo! Pero ¿qué buscas, que así miras al suelo?
—Busco un papel que se me ha perdido.
XXIX
—Déjate de papeles—me dijo Marijuán—. ¡Demonios de marinos! ¿Viste cómo atacaban?
—La hacen hija legitima por autorización real.
—¿Qué estás diciendo? Ya no queda duda que hemos vencido a Napoleón, y como éste ha
vencido a todo el mundo, resulta que nosotros hemos vencido al mundo entero. ¿Pero, chico, no
te vuelves loco? Mira cómo alzan los brazos, gritando, aquellos generales que vienen por el
llano. ¡Benditas penas, benditos golpes, bendito calor y bendita sed, puesto que al fin hemos
salido vencedores! ¡Viva España!
—De esa manera—le dije yo, pensando en mis guerras—entra a disfrutar el mayorazgo,
casándose con D. Diego, para evitar un litigio que arruinaría a las dos familias.
—¿Qué hablas ahí muchacho?—exclamó con sorpresa—. Ya sabes que los franceses se van a
entregar todos. ¡Qué vergüenza! ¡Que vuelva Napoleón a meterse con los españoles! Chico, nos
vamos a comer el mundo, y digo que la Junta de Sevilla es una remilgada si no nos manda
conquistar a París. ¡Viva España!
—Y nuestro amo, ¿dónde está?—pregunté intranquilo—. ¿Qué ha sido del señorito de Rumblar?
—¡Creo que ha muerto!—me contestó lacónicamente Marijuán, picando espuelas y alejándose
de mí.
Tan estupenda noticia dió nueva dirección a mis alborotados pensamientos. El aspecto de la
refriega interior, que me sacudía el alma, cambió de improviso y por completo. Todo vino abajo,
todo se puso de otro color, y el mundo fué distinto a mis ojos. Ignoro si en aquel momento sentí
la muerte de mi amo, o si, por el contrario, desbordado el corruptor egoísmo en mi alma, acepté
 
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