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Bailén

nuestros cañones llegaban a carecer de pólvora, si en sus almas de bronce se extinguía aquella
indignación artificial, cuyo resoplido conmueve y trastorna el aire, estremece el suelo y arrasa
cuanto encuentra por delante, bien pronto serían tomados por los valientes marinos, y les
aguardaba el morir inutilizados por el denigrante clavo, fruslería que destruye un gigante, alfiler
que mata a Aquiles.
Esta consideración ponía los pelos de punta. ¿Sucumbiría España? ¿No le reservaba Dios la
gloria de dar el primer golpe en el pedestal del tirano de Europa?... No, no es posible asistir
indiferente al espectáculo de tan sublime esfuerzo, ¡oh patria!; pero te confieso que yo rabiaba
por conocer al autor de aquella tercera carta que tenía en mi mano, y cuando sin desatender a tu
admirable heroísmo miré la firma y vi el nombre de Román, segundo mayordomo de mi
inolvidable ama; cuando consideré que aquel papel contendría revelaciones importantes, me
dominó de tal modo la curiosidad, que por un instante desapareciste de mi espíritu, ¡oh hermoso
rincón de tierra, destinado más de una vez a ser equilibrio del mundo! ¡Adiós, España; adiós,
Napoleón; adiós, guerra; adiós, batalla de Bailén! Como borra la esponja del escolar el problema
escrito con tiza en la pizarra, para entregarse al juego, así se borró todo en mí para no ver más
que lo siguiente:
«Sr. D. Luis de Santorcaz: Voy a decirle lo ocurrido. Todo está resuelto, y por ahora le dan a
usted con la puerta en los hocicos. La Sra. Marquesa de Leiva, al recoger a la señorita Inés,
pensó en el modo de legitimarla. Advierto a usted que desde que la trataron, ambas la quieren
mucho, y se desviven por decidirla a que salga del convento. Cuando la Sra. Condesa recibió la
carta de usted, en que le proponía la legitimación por subsiguiente matrimonio, mostróla a su tía,
y ésta, furiosa y fuera de sí, preguntó si quería deshonrarse para siempre siendo esposa de
semejante perdido. Lloró un poco la Condesa, lo cual es indicio de que aún le queda algo de
aquel amor; y por último, después de muchas reconvenciones, convinieron las dos en no
admitirle a usted en su familia por ningún caso. Ya sabe usted que, según consta en la fundación
de este gran mayorazgo, uno de los principales de España, no habiendo herederos directos, pasa
a los de segundo grado en línea recta, por lo cual ahora correspondería al primogénito del conde
Rumblar. La actual condesa de Rumblar, enterada de la aparición de una heredera, anunció a mi
ama que entablaría un pleito, y vea usted aquí el motivo de que en casa se haya trabajado tanto
por la legitimación. Por fin, las dos familias acordaron evitar la ruina de un pleito, y se han
puesto de acuerdo sobre esta base: casar a la Srta. Inés con D. Diego de Rumblar, previa
legitimación de aquélla, por lo que llaman autorización del Rey, con lo cual ambos derechos se
funden en uno solo, evitando cuestiones. En cuanto al punto más difícil, la Sra. Marquesa lo ha
resuelto al fin de un modo ingenioso y seguro. La niña ha entrado al fin con pie derecho en la
familia. No pudiendo legitimar la madre, porque a ello se oponen las leyes; no pudiendo
aceptarse la fórmula del subsiguiente matrimonio, ni conviniendo tampoco la adopción, por no
dar esto derecho a la herencia del mayorazgo, se acordó lo que voy a decir a usted, y que sin
duda le llenará de admiración. Este sesgo del asunto tiene para la familia la ventaja de que mi
Sra. la Condesa no pasará ningún bochorno. La Srta. Inés ha sido reconocida por aquel ...»
Un violento golpe arrebató el papel de mis manos. Encabritóse mi caballo, y al avanzar
siguiendo el escuadrón, sentí la estrepitosa risa de un soldado que decía: «Aquí no se viene a leer
cartas.» Corrimos fuera de la carretera, y todos mis compañeros proferían exclamaciones de
frenética alegría. Vi los cañones inmóviles y delante una espesa cortina de humo, que al
disiparse permitía distinguir los restos del batallón de marinos. En el frente francés flotaba una
bandera blanca avanzando hacia nuestro frente. La batalla había concluído.
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