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Bailén

amenazas, y que no las temo. No; no es posible que por la amenaza consiga nadie de mí lo que
me impelen a negar mi dignidad, mi categoría, mi familia y mi nombre. Nunca creí que aspiraras
a tanto, y siempre pensé que te conceptuarías muy feliz con lo que otras veces has alcanzado de
mí, y hoy te ofrezco, haciendo un verdadero sacrificio, porque el estado del reino ha disminuido
nuestras rentas ...»
Al llegar aquí, el golpe de un peso que cayó, chocando con mi rodilla, me hizo levantar la vista
de la carta. El soldado que formaba junto a mí, herido mortalmente por una bala perdida, había
rodado al suelo. En aquel intervalo vi hacia el frente, envueltas en espeso humo, las columnas
francesas que venían a atacar el centro. Pero mi ánimo no estaba para fijar la atención en aquello.
Pude notar que la caballería avanzaba un poco, pero después retrocedía y oscilaba de flanco;
pero dejándome llevar por el caballo, con los ojos fijos en el papel, que sostenía a la altura de las
riendas, no puse ni un desperdicio de voluntad en aquellos movimientos de la máquina en que
estaba engranado. La carta continuaba así:
«...En vano para conmoverme finges gran interés por aquel ser desgraciado que vino al mundo
como testimonio vivo de la funesta alucinación y del fatal error de su madre. ¿A qué ese
sentimiento tardío? ¿A qué acusarme de su abandono? No, esa niña no existe; te han engañado
los que te han dicho que yo la he recogido. Mal podría recogerla cuando ya es un hecho evidente
que Dios se la llevó de este mundo. ¿A qué conduce el amenazarme con ella, haciéndola
instrumento de tus malas artes para conmigo? No pienses en esto. Por última vez te aconsejo que
desistas de tus locas pretensiones, y te presentes ante mí con bandera de paz. ¿Eres un malvado o
un desgraciado? Yo sería muy feliz si me probaras lo segundo, porque uno de mis mayores
tormentos consiste en suponer tan profundamente corrompido el corazón que hace años sólo
existía para amarme ...»
Con esto y la firma de Amaranta terminaba la epístola, cuya lectura, absorbiendo mi atención,
me distraía de la batalla. El fragor de ésta zumbaba en mis oídos como el rumor del mar, a quien
generalmente no se hace caso desde tierra. ¿Es tal vuestra impertinencia que queréis obligarme a
contaros lo que allí pasaba? Pues oíd. Cuando la tropa francesa de línea retrocedió por tercera
vez, extenuada de hambre, de sed y de cansancio; cuando los soldados que no habían sido
heridos se arrojaban al suelo maldiciendo la guerra, negándose a batirse, insultando a los
oficiales que les llevaran a tan terrible situación, el General en Jefe reunió la plana mayor, y
expuesto en breve consejo el estado de las cosas, se decidió intentar un último ataque con los
marinos de la guardia imperial, aún intactos, poniéndose a la cabeza todos los generales.
Por eso cuando, leída la carta, alcé los ojos, vi delante de las primeras filas de caballería algunas
masas de tropa escoltando los seis cañones de la carretera, cuyo fuego certero y terrible había
sido el nudo gordiano de la batalla. Servidos siempre con destreza y al fin con exaltación,
aquellos seis cañones eran durante unos minutos la pieza de dos cuartos arrojada por España y
Francia, por la usurpación y la nacionalidad, en un corrillo de veinte mil soldados. ¿Cara o cruz?
¿Las tomarían los franceses? ¿Se dejarían quitar los españoles aquellos cañones? ¿Quién podría
más, nuestros valientes y hábiles oficiales de artillería, o los quinientos marinos?
Yo vi a éstos avanzar por la carretera, y entre el denso humo distinguimos un hombre puesto al
frente del valiente batallón y blandiendo con furia la espada; un hombre de alta estatura, el rostro
desfigurado por la costra de polvo que amasaban los sudores de la angustia; de uniforme lujoso y
destrozado en la garganta y seno, como si lo hubiera hecho pedazos con las uñas para dar
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