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Bailén

XXVIII
Olvidándome al instante de todo, no pensé más que en examinar bien lo que tenía en las manos.
El sobrescrito de la primera carta que saqué y que estaba abierta, era de letra femenina, que
reconocí al momento. El de la carta cerrada, que sin duda no estaba ya en la estafeta por
detención involuntaria, era de hombre y decía: «Sra. Condesa de ...(aquí el título de Amaranta),
en Córdoba, calle de la Espartería.» El tercer sobre, también de carta abierta, era de letra de
hombre y dirigido a Santorcaz. Desenvolví en seguida el envoltorio de papeles, que guardaba un
bulto como del tamaño de un duro, y al ver lo que contenía, una luz vivísima inundó mi alma y
sentí dolorosa punzada en el corazón. Era el retrato de Inés.
Aquella aparición en el campo de batalla, en medio del zumbido de los cañones y del choque de
las armas; la inesperada presencia ante mí de aquella cara celestial, fielmente reproducida por un
buen artista; la sonrisa iluminada que creí observar sobre la placa, cuando fijé en ella mis ojos;
aquella repentina visita, pues no era otra cosa, de mi fiel amiga, cuando yo hacía tan vivos
esfuerzos para ser digno de ella, me regocijaron de un modo inexplicable. Para iluminar los
rasgos y colores de aquel retrato que sonreía, valía la pena de que saliese el sol, de que existiese
el mundo, de que la serie del tiempo trajera aquel día, aunque deslustrado por los horrores de una
batalla.
Estreché a la Inés de dos pulgadas contra mi corazón y la guardé en mi pecho, resuelto a no
darla, aunque la materialidad del pedazo de cobre pintado no me pertenecía. Mas era preciso leer
aquellos papeles, que podían esclarecer alguna de mis dudas. Detúvome al principio la
vergüenza de leer cartas ajenas, lo cual es cosa fea; pero consideré que Santorcaz habría muerto,
fundándome en la dispersión de su caballo abandonado, y además, como la curiosidad me
picaba, me escocía, me quemaba de un modo muy vivo, decidíme a leer la carta abierta, porque
el deseo de hacerlo era más fuerte que todas las consideraciones.
Yo estaba completamente absorto en aquel asunto de interés íntimo; yo no atendía a la batalla;
yo no hacía caso de los cañonazos; yo no me fijaba en los gritos; yo no apartaba del papel los
ojos, aunque sentía correr por junto a mis oídos el estrepitoso aliento de la lucha. En aquel
instante, entre los veinte mil hombres que, formando dos grandes conjuntos, se disputaban unas
cuantas varas de terreno, yo era quizás el único que merecía el nombre de individuo. Átomo
disgregado momentáneamente de la masa, se ocupaba de sus propias batallas.
La carta abierta, que llevaba la firma de Amaranta, decía así, después de las fórmulas de
encabezamiento:
«¿Eres un malvado o un desgraciado? En verdad no sé qué creer, pues de tu conducta todo puede
deducirse. Después de una ausencia de muchos años, durante los cuales nadie ha logrado traerte
al buen camino, ahora vuelves a España sin más objeto que hostigarme con pretensiones
absurdas a que mi dignidad no me permite acceder. Harto he hecho por tí, y ahora mismo,
cuando me has manifestado tu situación, te he propuesto un medio decoroso de remediarla. ¿Qué
más puedo hacer? Pero no te satisface lo que en la actualidad y siempre bastaría a calmar la
ambición de un hombre menos degradado que tú; te rebelas contra mis beneficios, y aspiras a
más, amenazándome sin miramiento alguno. A todo eso contesto diciéndote que desprecio tus
 
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