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Bailén

Por un momento dejamos de ser soldados, dejamos de ser hombres, para no ser sino animales. Si
cuando sumergimos nuestras bocas en el agua, hubiera venido un solo francés con un látigo,
habríanos azotado, sin que intentáramos defendernos. Después de emborracharnos en aquel
néctar fangoso, superior al vino de los dioses, nos reconocimos otra vez en la plenitud de
nuestras facultades. ¡Qué Inmensa alegría! ¡Qué superabundancia de fuerza y de orgullo!
¿Pero habíamos vencido definitivamente a los franceses? Cuando se disipó aquella lobreguez
moral con que la horrible sequedad del cuerpo había envuelto el espíritu, nos vimos en situación
muy difícil. Corriendo hacia la noria nos habíamos apartado de nuestro campo, y adviértase que
si el ejército francés fué rechazado con grandes pérdidas, conservaba aún sus posiciones. ¿Iba a
emprender nuevo ataque, con el último esfuerzo de la desesperación? Creíamos que sí, y señales
de esto notamos en el campo enemigo que teníamos tan cerca. Al punto corrimos desbandados
hacia el nuestro, que estaba algo lejos, y saltando por junto a los trigos incendiados,
abandonamos la noria, por temor a que fuerzas más numerosas que las nuestras nos hicieran
prisioneros.
Verdad que los franceses, no dando ya ninguna importancia a las acciones parciales, se ocupaban
en organizar el resto y lo mejor de su fuerza para dar un golpe de mano, última estocada del
gigante que se sentía morir. Corrimos, pues, hacia nuestro campo. Ya cerca de él, pasó
rápidamente por delante de mí un caballo sin jinete, arrogante, vanaglorioso, con la crin al aire,
sano y sin heridas, algo azorado y aturdido. Era un animal de pura casta cordobesa, lo mismo
que el mío. Le seguí, y apoderándome de sus bridas, cuando volvía, me monté en él; después de
ser por un rato soldado de a pie, tornaba a ser jinete. Busqué con la vista el escuadrón más
próximo, y vi que a retaguardia del centro se formaba en columna con distancias el de Espa ña.
Entré en las primeras filas, a punto que dijeron junto a mí.
—Los generales franceses harán el último esfuerzo. Dicen que hay unas tropas que todavía no
han entrado en fuego, y son las mejores que Napoleón ha traído a España.
Efectivamente, el centro se preparaba a una defensa valerosa, y guarnecía sus baterías, distribuía
los regimientos a un lado y otro, agrupando a retaguardia fuerzas considerables de caballería.
Cuando esto pasaba, sentí un vivo clamor de la naturaleza dentro de mí, sentí hambre, pero ¡qué
hambre!... Francamente, y sin ruborizarme, digo que tenía más ganas de comer que de batirme.
¿Y qué? ¿Este miserable hijo de España no había hecho ya bastante por su Rey y por su patria,
para permitir llevarse a la boca un pedazo de pan?
En estas reflexiones, registré primero la grupa de mi cabalgadura allegadiza, donde no había más
que alguna ropa blanca, y después las pistoleras, donde encontré un mendrugo. ¡Hallazgo
incomparable! No satisfecho, sin embargo, con tan poca ración, llevé mis exploraciones hasta lo
más profundo de aquellos sacos de cuero, y mis dedos sintieron el contacto de unos papeles.
Saquélos, y vi un pequeño envoltorio y tres cartas, la una cerrada y las otras dos cubiertas, todas
con sobrescrito. Leí el primer sobre que se me vino a la mano, y decía así: «Al Sr. D. Luis de
Santorcaz, en Madrid, calle de ...»
Había montado en el caballo de Santorcaz.
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