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Bailén

largo trecho entre las filas de retaguardia del centro: los soldados de los regimientos que allí se
rehacían para salir de nuevo al frente, clamaban también pidiendo agua. Vimos con alegría que
desde el pueblo venían corriendo algunos hombres con cubos; pero al punto se nos dijo que
aquella agua no era para nosotros: era para otros sedientos cuyas bocas necesitaban refrescarse
antes que las nuestras si el combate había de tener buen éxito; era para los cañones.
La resistencia enérgica de las dos piezas del ala derecha, combinadas con las seis de la batería
central, y el auxilio de la caballería atacando por el flanco la línea enemiga, hizo que ésta fuese
rechazada, a pesar de su frente compacto, de su incomparable bravura. Los franceses se
retiraron, dejándose perseguir y desposicionar por la infantería y caballos de nuestra derecha.
Harto se conocía este resultado en los gritos de alegría, en aquel concierto de injurias con que el
vencedor confirma la catástrofe del vencido, cuando éste vuelve la espalda. El sitio donde yo
estaba se vió despejado por el avance de nuestras tropas, y en casi todos los jefes que allí había
observé tal expresión de gozo, que sin duda consideraban asegurada la victoria. ¡Oh, momento
feliz! Ya se podía pensar en beber. ¿Pero dónde?
Después del avance de nuestras tropas, que no ocuparon enteramente las posiciones francesas
por ofrecer esto algún peligro, los soldados del regimiento de Órdenes divisaron una noria, en el
momento en que los franceses, que durante la acción habíanla ocupado, se hallaban en el caso de
abandonarla. Vieron todos aquel lugar como un santuario cuya conquista era el supremo
galardón de la victoria, y se arrojaron sobre los defensores del agua escasa y corrompida que
arrojaban unos cuantos arcaduces en un estanquillo. Los enemigos, que no querían desprenderse
de aquel tesoro, lo defendían con la rabia del sediento. Apenas disparados los primeros tiros,
otros muchos franceses, extenuados de fatiga, y encontrándose ya sin fuerzas para combatir si no
les caía del cielo o les brotaba de la tierra una gota de agua, acudieron a beber, y viéndola tan
reciamente disputada, se unieron a los defensores.
Oí decir: «¡Allí hay agua, allí se están disputando la noria!», y no necesité más. Lancéme, y
conmigo se lanzaron otros en aquella dirección; tomé del suelo un fusil que aún apretaba en sus
manos un soldado muerto, y corrí con los demás a todo escape en dirección a la noria.
Penetramos en un campo a medio segar, a trechos cubierto de altos trigos secos, a trechos en
rastrojo. La lucha en la noria se hacía en guerrillas; acerquéme a la que me pareció más floja, y
desprecié la vida, lleno mi espíritu del frenético afán de conquistar un buche de agua. Aquel
imperio, compuesto de dos mal engranadas ruedas de madera, por las cuales se escurría un
miserable lagrimeo de agua turbia, era para nosotros el imperio del mundo. La hidrofagia, que a
veces amilana, a ratos también convierte al hombre en fiera, llevándole con sublime ardor a
desangrarse por no quemarse.
Los franceses defendían su vaso de agua, y nosotros se lo disputábamos; pero de improviso
sentimos que se duplicaba el calor a nuestras espaldas. Mirando atrás, vimos que las secas
espigas ardían como yesca, inflamadas por algunos cartuchos caídos por allí, y sus terribles
llamaradas nos freían de lejos la espalda. «O tomar la noria o morir», pensamos todos. Nos
batíamos apoyados contra una hoguera, y la hambrienta llama, al morder con su diente insaciable
en aquel pasto, extendía alguna de sus lenguas de fuego azotándonos la cara. La desesperación
nos hizo redoblar el esfuerzo, porque nos asábamos, literalmente hablando; y por último,
arrojándonos sobre el enemigo, resueltos a morir, la gota de agua quedó por España al grito de
«¡Viva Fernando VII!»
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