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Bailén

caballería de España, a escape traída del ala izquierda, nos reforzase, para no ser envueltos y
perdidos sin remisión. Hubo un momento en que me vi próximo a la muerte. A mi lado no había
más que dos o tres jinetes, que se hallaban en trance tan apurado como yo; nos miramos, y
comprendiendo que era preciso hacer un supremo esfuerzo, arremetimos a sablazos con bastante
fortuna. Con esto y el pronto auxilio de la carga hecha en el mismo instante por la caballería de
España, salimos del apuro. Revolviendo atrás, hundí las espuelas, y mi caballo se puso de un
salto en la nueva fila. No vi a mi lado más cara conocida que la de Marijuán. El Conde y
Santorcaz habían desaparecido.
En el mismo instante mi caballo flaqueó de sus cuartos traseros. Intenté hacerle avanzar,
clavándole impíamente las espuelas; el noble animal, comprendiendo sin duda la inmensidad de
su deber y tratando de sobreponerle a la agudeza de su dolor, dió algunos botes; pero cayó al fin,
escarbando la tierra con furia. El desgraciado había recibido una terrible herida en el vientre, y
falto de palabra para expresar su padecimiento, bramaba, aspirando con ansia el aire inflamado,
sacudía el cuello; parecía dar a entender que hallando un charco de agua en que remojar la
lengua, sus dolores serían menos vivos, y al fin se abandonó a su suerte, tendiéndose sobre el
campo, indiferente al ruido del cañón y al toque de degüello.
XXVII
Viéndome desmontado, me dirigí a buscar un puesto entre las escoltas de la artillería o en el
servicio de municiones, que se hacía precipitadamente por los tambores entre los carros y las
piezas. Al dar los primeros pasos, advertí el extraordinario decaimiento de mis fuerzas físicas; no
podía tenerme en pie, y el ardor de mi sangre, llegado a su último extremo, me paralizaba cual si
estuviese enfermo. No es propio decir que hacía calor, porque esta frase, común al verano de
todos los países europeos, es inexpresiva para indicar la espantosa inflamación de aquella
atmósfera de Andalucía en el día infernal que presenció la batalla de Bailén. El efecto que hacía
en nuestros cuerpos era el de una llamarada que los azotaba por todos lados: la cara se nos
abrasaba como cuando nos asomamos a un horno encendido, y deshechos en sudor, nuestros
cuerpos hervían, descomponiéndose la economía entera, desde el instante en que fuertes
excitaciones del espíritu dejaban de sostenerla.
Cuando me encontré a pie y a regular distancia del combate, que seguía con ventaja para los
españoles, empecé a sentir vivamente y de un modo irresistible el aguijón candente de la sed que
horadaba mi lengua, y la corriente de fuego que envolvía mi cuerpo. Esto me daba tal
desesperación, que de prolongarse mucho hubiérame impelido a beber la sangre de mis propias
venas. Por ninguna parte divisaba a la gente del pueblo que antes trajera cántaros con agua, y al
buscar con ansiosa inspiración en el seco aire una partícula de agua, bebía y respiraba oleadas de
polvo abrasador.
Por un rato perdí toda la exaltación guerrera y el furor patriótico que antes me dominaban, para
no pensar más que en la probabilidad de beber, previendo las delicias de un sorbo de agua, y
anhelando apagar aquellas ascuas pegajosas que en mi boca revolvía. Con este deseo caminé
 
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