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Bailén

Cuando las bayonetas se cruzaban, el campo ocupado por nuestra infantería se clareó a trozos;
sentimos el crujido de poderosas cureñas, rebotando en el suelo de hoyo en hoyo al arrastre de
las mulas, castigadas sin piedad, los cañones de a 12 enfilaron el eje de sus ánimas hacia las
líneas enemigas; los botes de metralla penetraron en el bronce; se atacaron con prontitud febril, y
un diluvio de puntas de hierro, hendiendo horizontalmente el aire, contuvo la marcha del frente
francés. A un disparo sucedía otro; la infantería, rehecha, flanqueaba los cañones, y para
completar el acto de desesperación, un grito resonó en nuestro regimiento. Todos los caballos
patalearon, expresando en su ignoto lenguaje que comprendían la sublimidad del momento;
apretamos con fuerte puño los sables, y medimos la tierra que se extendía delante de nosotros.
La caballería iba a cargar.
Vimos que a todo escape se nos acercó un General, seguido de gran número de oficiales. Era el
marqués de Coupigny, alto, fuerte, rubio, colorado de suyo, y en aquella ocasión encendido,
como si toda su cara despidiera fuego. Era Coupigny hombre de pocas palabras; pero suplía su
escasez oratoria con la llama de su mirar, que era por sí una proclama. Nosotros pusimos
atención esperando que nos dijera alguna cosa; pero el General dispuso con un gesto la dirección
del movimiento, y después nos miró. No necesitamos más.
—¡Viva España! ¡Viva el rey Fernando! ¡Mueran los franceses!—exclamamos todos; y el
escuadrón se puso en movimiento.
Estábamos formados en columna, y nos desplegamos en batalla sobre los costados, bajando a
buen paso, pero sin precipitación, de la altura donde habíamos estado. Maniobramos luego para
tener a nuestro frente el flanco enemigo; las tropas que por allí atacaban dicho flanco doblaron
por cuartas para darnos paso por los claros; el jefe gritó: «A la carga»; picamos espuela, y
ciegamente caímos sobre el enemigo como repentina avalancha. Yo, lo mismo que Santorcaz, el
mayorazgo y los demás de la partida, íbamos en la segunda fila. Penetraron impetuosamente los
de la primera, acuchillando sin piedad; los caballos bramaban de furor, sintiéndose heridos a
fuego y a hierro. Algunos caían, dejando morir a sus jinetes, y otros se arrojaban con más fuerza,
destrozando cuanto hallaban bajo sus poderosas manos. Los de la primera fila hicieron gran
destrozo; pero a los de la segunda nos costó más trabajo, porque avanzando demasiado los
delanteros, quedamos envueltos por la infantería, lo cual atenuaba un poco nuestra superioridad.
Sin embargo, destrozábamos pechos y cráneos sin piedad.
Yo ví a Rumblar, ciego de ira, luchando cuerpo a cuerpo con un francés; vi a Santorcaz dando
pruebas de tener un puño formidable para el manejo del sable; usélo con toda la destreza que me
era posible, y lo mismo yo que mis amigos y otros muchos jinetes de mi fila nos internamos
locamente por el grueso de la infantería contraria. Otro escuadrón daba nueva carga por el
mismo flanco, lo cual, observado por nosotros, nos reanimó. No íbamos mal; pero los franceses
eran muchos, estaban muy hechos a tales embestidas, y sabían defenderse bien de la pesadumbre
de los caballos, así como de los sablazos.
Sin embargo, no retrocedían delante de nosotros. Ya se sabe que siendo el objeto de la caballería
producir un gran sacudimiento y pavor en las filas enemigas por la violencia del primer choque,
cuando éste no da el resultado apetecido, y se empeñan combates parciales entre los caballos y
una numerosa infantería, los primeros corren gran riesgo de desaparecer, brutales masas,
devoradas en aquel hervidero de agilidad y destreza. Aunque en la carga les causamos gran daño,
no les pusimos en dispersión: los combates parciales se entablaron pronto, y fué preciso que la
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