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Bailén

Los franceses no tardaron en intentar la adquisición del puente perdido. Su primer ataque fué
débil, pero el segundo violentísimo. Oíd cómo fué el primero. La infantería española,
desplegándose en guerrillas a un lado y a otro del camino, les azotaba con espeso tiroteo.
Lanzaron ellos sus caballos por el puente; mas con tan poca fortuna, que tras de una pequeña
ventaja obtenida por el empuje de aquella poderosa fuerza, tuvieron que retirarse; pasada la
sorpresa, nuestros infantes les acribillaron a bayonetazos, dejando un sinnúmero de jinetes en el
suelo y otros precipitados por cima de los pretiles al lecho del arroyo. No tuvimos tan buena
suerte en el segundo ataque, porque renunciando ellos a poner en movimiento la caballería en
lugar angosto, atacaron a la bayoneta con tanta fiereza, que nuestros regimientos de línea, y aun
los valientes valones y suizos, retrocedieron aterrados. Oí contar en la tarde de aquel mismo día
a un soldado de los tiradores de Utrera, presente en aquel lance, que los franceses, en su mayor
parte militares viejos, cargaron a la bayoneta con furia sublime, que producía en los nuestros,
además del desastre físico, una gran inferioridad moral. Me dijo que se espantaron, que en un
momento viéronse pequeños, mientras que los franceses se agrandaban, presentándose como una
falange de millones de hombres; que los vivas al Emperador y los gritos de cólera eran tan
furiosamente pronunciados, que parecían matar también por el solo efecto del sonido, y que, por
último, sintiendo los de acá desfallecer su entusiasmo y al mismo tiempo un repentino,
invencible cariño a la vida, abandonaron aquel puente mezquino, ardientemente disputado por
dos naciones, y que al fin quedó por Francia. El efecto moral de esta pérdida fué muy notable
entre nosotros. Advirtióse claramente en todo el ejército como un estremecimiento de inquietud
que, partiendo de aquel gran corazón compuesto de diez y ocho mil corazones, se transmitía al
tembloroso fusil, asido por la indecisa mano.
Entonces pude observar cómo se individualiza un ejército, cómo se hace de tantos uno solo,
resumiendo de un modo milagroso los sentimientos lo mismo que se resume la fuerza; pude
observar cómo aquella gran masa recibe y transmite las impresiones del combate con la presteza
y uniformidad de un solo sistema nervioso; cómo todos los movimientos del organismo físico,
desde la mano del General en Jefe hasta el casco del último caballo, obedecen a la alegría de un
momento, a la pena de otro momento, a las angustiosas alternativas que en el discurso de pocas
horas consiente y dispone Dios, espectador no indiferente de estas barbaridades de los hombres.
La pérdida del puente sobre el Herrumblar, que al amanecer se había ganado, hizo que el ala
derecha retrocediera buscando mejor posición. Casi todas las posiciones se variaron. Los
generales conocían la inminencia de un ataque terrible, los soldados viejos la preveían, los
bisoños la sospechábamos, y nuestros caballos, reculando y estrechándose unos contra otros,
olían en el espacio, digámoslo así, la proximidad de una gran carnicería.
Eran las seis de la mañana y el calor principiaba a dejarse sentir con mucha fuerza. Sentíamos ya
en las espaldas aquel fuego que más tarde había de hacernos el efecto de tener por medula
espinal una barra de metal fundido. No habíamos probado cosa alguna desde la noche anterior, y
una parte del ejército ni aun en la noche anterior había comido nada. Pero este malestar era
insignificante comparado con otro que desde la mañana principió a atormentarnos: la sed, que
todo lo destruye, alma y cuerpo, infundiendo una rabia inútil para la guerra, porque no se sacia
matando. Es verdad que de Bailén salían en bandadas multitud de mujeres con cántaros de agua
para refrescarnos; pero de este socorro apenas podía participar una pequeña parte de la tropa,
porque los que estaban en el frente no tenían tiempo para ello. Más de una vez aquellas valerosas
mujeres se expusieron al fuego, penetrando en los sitios de mayor peligro, y llevando sus
alcarrazas a los artilleros del centro. En los puntos de mayor peligro, y donde era preciso estar
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