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Bailén

—No hay soldado aguerrido—afirmó Santorcaz—que no tenga miedo al empezar la batalla, por
lo mismo que sabe lo que es.
Oído esto, casi todos los bisoños que poco antes reíamos a carcajada tendida, saludándonos con
bravatas y dicharachos, conforme a la guerrera exaltación que nos poseía, callamos, mirándonos
unos a otros, para cerciorarse cada cual de que no era él solo quien tenía miedo.
—¿Sabéis lo que me ordenó mi señora madre que hiciera al comenzar la batalla?—indicó
Rumblar—. Pues que rezara un Avemaría con toda devoción. Ha llegado el momento. «Dios te
salve, María ...»
El mayorazguito continuó en voz baja el Avemaría que había empezado en alta voz, y todos los
de nuestra fila le imitaron, como si aquello en vez de escuadrón fuera un coro de religioso rezo,
y lo más extraño fué que Santorcaz, poniéndose pálido, cerrando los ojos, y quitándose el
sombrero con humilde gesto, dijo también «Santa María ...»
Aún resonaba en el aire la fervorosa invocación, cuando un estruendo formidable retumbó en las
avanzadas de ambos ejércitos. Las columnas francesas del ala derecha se desplegaron en línea y
rompieron el fuego contra nuestra izquierda.
XXV
No poco tiempo se me ha ido en describir la posición de los combatientes, la configuración del
terreno y el principio del ataque; pero no necesito advertir que todo esto pasó en menos tiempo
del empleado por mi tarda pluma en contarlo. Nuestras fuerzas no estaban convenientemente
distribuídas cuando tuvo lugar la primera embestida de los imperiales. Verificada ésta, no podéis
figuraros qué precipitados movimientos hubo en la tropa española. Las de retaguardia que aún
llenaban la carretera, corrían velozmente a sostener la izquierda; los cañones ocupaban su
puesto; todo era atropellarse y correr, de tal modo, que por un instante pareció que el primer
ataque de los franceses había producido confusión y pánico en las filas de Coupigny. En tanto,
los de la derecha permanecíamos quietos, y los de a caballo que ocupábamos parte de la altura,
podíamos ver perfectamente los movimientos del combate.
Tras las primeras descargas de las líneas francesas, éstas se replegaron, y avanzando la artillería
disparó varios tiros a bala rasa. Ponían ellos en ejecución su táctica propia, consistente en atacar
con mucha energía sobre el punto que juzgaban más débil, para desconcertar al enemigo desde
los primeros momentos. Algo de esto lograron al principio; pero nosotros teníamos excelente
artillería, y disparando también con bala rasa las seis piezas colocadas en la carretera y a sus
flancos, el centro francés se resintió al instante, y para reforzarle tuvo que replegar su ala
derecha, produciendo esto un pequeño avance en la división de Coupigny. Entretanto, todos
teníamos fija la vista en el otro extremo de la línea y hacia la carretera, y olvidábamos la
espesura del olivar que estaba delante. De pronto, las columnas ocultas entre los árboles salieron
y se desplegaron, arrojando un diluvio de balas sobre el frente del ala derecha. Desde entonces,
el fuego, corriéndose de un extremo a otro, se hizo general en el frente de ambos ejércitos. La
 
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