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Bailén

atrás nuestros ojos, vimos la irradiación de la aurora, un resplandor que surgía detrás de las
montañas; y mirándonos después unos a otros, nos vimos, nos reconocimos, observamos
claramente a los de la segunda fila, a los de la tercera, a los de más allá, y nos encontramos con
las mismas caras del día anterior. La claridad aumentaba por grados; distinguíamos los rastrojos,
las hierbas agostadas, y después las bayonetas de la infantería, las bocas de los cañones, y a lo
lejos las masas enemigas, moviéndose sin cesar de derecha a izquierda. Volvieron a cantar los
gallos. La luz, única cosa que faltaba para dar la batalla, había llegado, y con la presencia del
gran testigo, todo era completo.
Ya se podía conocer perfectamente todo el campo. Prestad atención y sabréis cómo era. El centro
de la fuerza española ocupaba la carretera con la espalda hacia Bailén, de allí poco distante; a la
derecha del camino por nuestra parte se alzaban unas pequeñas lomas que a lo lejos subían
lentamente hasta confundirse con los primeros estribos de la sierra; a la izquierda también había
un cerro; pero éste caía después en la margen del río Guadiel, casi seco en verano, y que
desembocaba en el Guadalquivir, cerca de Espelúy. Ocupaba el centro, a un lado y otro del
camino, poderosa batería de cañones, apoyada por considerables fuerzas de infantería; a la
izquierda estaba Coupigny con los regimientos de Bujalance, Ciudad Real, Trujillo, Cuenca,
Zapadores y la caballería de España; a la derecha estábamos, además de la caballería de
Farnesio, los tercios de Tejas, los suizos, los valones, el regimiento de Órdenes, el de Jaén,
Irlanda y voluntarios de Utrera. Mandábanos el Brigadier D. Pedro Grimarest. Los franceses
ocupaban la carretera por la dirección de Andújar y tenían su principal punto de apoyo en un
espeso olivar situado frente a nuestra derecha; por consi guiente, servía de resguardo a su ala
izquierda. Asimismo ocupaban los cerros del lado opuesto con numerosa infantería y un
regimiento de coraceros, y a su espalda tenían el arroyo de Herrumblar, también seco en verano,
que habían pasado. Tal era la situación de los dos ejércitos, cuando la primera luz nos permitió
vernos las caras. Creo que entrambos nos encontramos respectivamente muy feos.
—¿Qué le parece a usted esta aventura, Sr. D. Diego?—dijo Santorcaz.
—Estoy entusiasmado—replicó el mozuelo—, y deseo que nos manden cargar sobre las filas
francesas. ¡Y mi señora madre empeñada en que conservara yo aquella espada vieja sin filo ni
punta...!
—¿Está usía sereno?—le preguntó Marijuán.
—Tan sereno que no me cambiaría por el emperador Napoleón—repuso el Conde—. Yo sé que
no puede pasarme nada, porque llevo el escapulario de la Virgen de Araceli que me dieron mis
hermanitas, con lo cual dicho se está que me puedo poner delante de un cañón. ¿Y usted, Sr. de
Santorcaz, tiene miedo?
—¿Yo?—repuso D. Luis con cierta tristeza—. Ya sabe usted que estuve en Hollabrünn, en
Austerlitz y en Jena.
—Pues entonces....
—Por lo mismo que presencié tan terribles acciones de guerra, tengo miedo.
—¡Miedo! Pues fuera de la fila. Aquí no se quiere gente medrosa.
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