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Bailén

a Bailén de paso para La Carolina, donde creía encontrarnos. De improviso unos cuantos tiros les
sorprenden a ellos tanto como a nosotros; detienen el paso; extendemos nosotros la vista con
ansiedad y recelo en la obscura noche; todos ponemos atento el oído, y al fin nos reconocemos,
sin vernos, porque el corazón a unos y otros nos dice: «Ahí están.»
Cuando no quedó duda de que teníamos enfrente al enemigo, el ejército se sintió al pronto
electrizado por cierto religioso entusiasmo. Vivas y mueras sonaron en las filas; pero al poco
rato todo calló. Los ejércitos tienen momentos de entusiasmo y momentos de meditación:
nosotros meditábamos.
Sin embargo, no tardó en producirse fuertísimo ruido. Los generales empezaron a señalar
posiciones. Todas las tropas que aún permanecían en las calles del pueblo, salieron más que de
prisa, y la caballería fué sacada de la carretera por el lado derecho. Corrimos un rato por terreno
de ligera pendiente; bajamos después, volvimos a subir, y al fin se nos mandó hacer alto. Nada
se veía, ni el terreno ni el enemigo; únicamente distinguíamos desde nuestra posición los
movimientos de la artillería española, que avanzaba por la carretera con bastante presteza.
Entonces sentimos camino abajo, y como a distancia de tres cuartos de legua, un nuevo tiroteo
que cesó al poco rato, reproduciéndose después a mayor distancia. Las avanzadas francesas
retrocedían y Dupont tomaba posiciones.
—¿Qué hora es?—nos preguntábamos unos a otros, anhelando que un rayo de sol alumbrase el
terreno en que íbamos a combatir.
No veíamos nada, a no ser vagas formas del suelo a lo lejos; y las manchas de olivos nos
parecían gigantes, y las lomas de los cerros el perfil de un gigantesco convoy. Un accidente noté
que prestaba extraña tristeza a la situación: era el canto de los gallos que a lo lejos se oía,
anunciando la aurora. Jamás escuché un sonido que tan profundamente me conmoviera como
aquella voz de los vigilantes del hogar desgañitándose por llamar al hombre a la guerra.
Nuevamente se nos hizo cambiar de posición, llevándonos más adelante a espaldas de una
batería, y flanqueados por una columna de tropa de línea. Gran parte de la caballería fué
trasladada al lado izquierdo; pero a mí, con el regimiento de Farnesio, me tocó permanecer en el
ala derecha.
De repente una granada visitó con estruendo nuestro campo, reventando hacia la izquierda, por
donde estaban los generales. Era como un saludo de cortesanía entre dos guerreros que se van a
matar; un tanteo de fuerzas, una bravata echada al aire para explorar el ánimo del contrario.
Nuestra artillería, poco amiga de fanfarronadas, calló. Sin embargo, los franceses, ansiando
tomar la ofensiva, con ánimo de aterrarnos, acometieron a una columna de la vanguardia que se
destacaba para ocupar una altura, y la lóbrega noche se iluminó con relámpagos, que
interrumpiéndose luego, volvieron a encenderse al poco rato en la misma dirección.
Por último, aquellas tinieblas en que se habían cruzado los resplandores de los primeros tiros,
comenzaron a disiparse; vislumbramos las recortaduras de los cerros lejanos, de aquel suave,
inmóvil oleaje de tierra, semejante a un mar de fango, petrificado en el apogeo de sus
tempestades; principiamos a distinguir el ondular de la carretera, blanqueada por su propio
polvo, y las masas negras del ejército, diseminado en columnas y en líneas; empezamos a ver la
azulada masa de los olivares en el fondo y a mano derecha; a la izquierda las colinas que iban
descendiendo hacia el río. Débil y blanquecina claridad azuló el cielo antes negro. Volviendo
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