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Bailén

arrojarse fuera de ella, mientras uno de mis brazos, fuertemente vendado, se negaba a prestarme
apoyo, tan inmóvil y rígido como si no me perteneciera. Asimismo rodeaba mi cabeza
complicado turbante de trapos que olían a ungüentos y vinagre, y mi débil y extenuado cuerpo
sentía por aquí y por allí terribles picazones. El lecho en que yacía tan incómodamente ocupaba
el rincón del cuarto, el cual era de ordinarias dimensiones, con blancos muros y suelo de
ladrillos, mal cubiertos por una vieja y acribillada estera de esparto. Láminas de santos, a
quienes el artista grabador había dado nuevo martirio en sus impíos troqueles, adornaban la
desnuda pared, en uno de cuyos testeros ostentaba su temerosa longitud la lanza del Gran
Capitán. En el centro de la pieza hallábase la mesa, que sostenía un candil de cuatro mecheros, y
junto a ella, sentados en sendas sillas de cuero, que lastimosamente gemían al menor
movimiento, estaban los tres personajes cuya conversación hirió mis oídos cuando volví de un
largo paroxismo.
Todos fijaron en mí la atención, y D.ª Gregoria, acercándose maternalmente a mi cama, me
habló así:
—¿Estás despierto, niño? ¿Ves y entiendes? ¿Puedes hablar? Pobrecito, ya se te ha quitado la
terrible calentura, y el Santo Ángel de tu Guarda ha conseguido del Padre Eterno que te otorgue
el seguir viviendo. ¿Cómo estás? ¿Ves a los que estamos aquí? ¿Nos conoces? ¿Entiendes lo que
decimos? Debes de estar bien, porque ya no dices desatinos, ni quieres echarte de la cama, ni nos
insultas, ni dices que nos vas a matar, ni llamas a D. Celestino ni a la D.ª Inés, que te traían
trastornado el juicio. Estás bien, ya estás fuera de peligro, y vivirás, pobre niño; pero ¿has
perdido la razón, o Dios quiere que te veamos en tu ser natural, sano y cuerdo, tal y como
estabas antes de que aquellos caribes...?
—Y, en verdad, no sé cómo ha escapado el infeliz—dijo Fernández a Santorcaz—. Tres balazos
tenía en su cuerpecito: uno en la cabeza, el cual no es más que una rozadura; otro en el brazo
izquierdo, que no le dejará manco, y el tercero en un costado, y en parte sensible, tanto que si no
le hubieran sacado la bala, no le veríamos ahora tan despiertillo.
Instáronme todos para que hablase, mostrándoles que mi razón, como mi cuerpo, se había
repuesto de la tremenda crisis. También acudió con cariñosa solicitud a darme alimento la
ejemplar D.ª Gregoria, y tomado aquél ávidamente por mí me sentí muy bien. ¿Había resucitado
o había nacido en aquella noche?
—Ahora, chiquillo, estáte tranquilo—continuó D.ª Gregoria, sentándose a mi lado—. ¡Cuánto se
va a alegrar el Sr. Juan de Dios cuando te vea!
—¡Cómo!—exclamé con la mayor sorpresa—. ¿Juan de Dios vive aquí? ¿Pues en dónde estoy?
¿Y ustedes quiénes son? ¿Qué ha sido de Inés?
—¡Otra vez Inés! Este joven no está todavía bueno. Dejémonos de Ineses, y a descansar.
Santorcaz se llegó a mi, y mostrándome algún interés, me dijo:
—¡Pobrecito! ¡Conque te fusilaron! El Gran Duque de Berg es hombre terrible y sabe sentar la
mano. Dicen que mataste mas de veinte franceses. Ya me contarás tus hazañas, picarón. Y di,
¿tienes ánimos de volver a hacer de las tuyas? Me parece que no..., porque habrás visto que esa
gente gasta unas bromas un poco pesadas.
Dicho esto, Santorcaz, tomando su capa, se marchó.
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