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Bailén

alborozo que esto me causaba, iba al corral, ponía canutillos de pólvora a los gatos, y
encerrándolos en un cuarto con las gallinas, me moría de risa.
Santorcaz, lejos de reír con esta nueva barrabasada de su discípulo, fijaba la mirada en el
horizonte, completamente abstraído de todo, y meditando sin duda sobre graves asuntos de su
propio interés. No sé cuál será la opinión que el lector forme de las ideas de aquel hombre; pero
no se les habrá ocultado que sus ingeniosas sugestiones encerraban segundo intento. El
atolondrado rapaz, lanzado a las filas de un ejército sin tener conocimiento del mundo, con viva
imaginación, arrebatado temperamento y ningún criterio; igualmente fascinado por las ideas
buenas y las malas, con tal que fueran nuevas, pues todas echaban súbita raíz en su feraz cerebro,
acogía con júbilo las lecciones del astuto amigo; y su lenguaje, su nervioso entusiasmo, sus
planes entre abominables e inocentes, todo anunciaba que don Diego se disponía a cometer en el
mundo mil disparates.
Santorcaz, después de permanecer por algunos minutos indiferente a las preguntas de su
discípulo, reanudó la conversación; pero, apenas comenzada ésta, oímos un tiro, en seguida otro,
luego otro y otro.
XXIV
Todos callamos; detuviéronse las columnas que habían comenzado a marchar, y desde el
primero al último soldado prestamos atención al tiroteo, que sonaba delante de nosotros a la
derecha del camino y a bastante distancia. Corrieron por las filas opiniones contradictorias
respecto a la causa del hecho. Yo me alzaba sobre los estribos, procurando distinguir algo; pero
además de ser la noche obscurísima, las descargas eran tan lejanas, que no se alcanzaba a ver el
fogonazo.
—Nuestras columnas avanzadas—dijo Santorcaz—habrán encontrado algún destacamento
francés que viene a reconocer el camino.
—Ha cesado el fuego—dije yo—. ¿Echamos a andar? Parece que dan orden de marcha.
—O yo estoy lelo, o la artillería de la vanguardia ha salido del camino.
Oyóse otra vez el tiroteo, más vivo aún y más cercano, y en la vanguardia se operaron varios
movimientos, cuyas oscilaciones llegaron hasta nosotros. Sin duda algo grave pasaba, puesto que
el ejército todo se estremeció desde su cabeza hasta su cola. Un largo rato permanecimos en la
mayor ansiedad, pidiéndonos unos a otros noticias de lo que ocurría; pero en nuestro regimiento
no se sabía nada; todos los generales corrieron hacia la izquierda del camino, y los jefes de los
batallones aguardaban órdenes decisivas del Estado Mayor. Por último, un oficial que a escape
volvía en dirección a la retaguardia, nos sacó de dudas, confirmando lo que en todo el ejército no
era más que halagüeña sospecha. ¡Los franceses, los franceses venían a nuestro encuentro!
Teníamos enfrente a Dupont con todo su ejército, cuyas avanzadas principiaban a escaramucear
con las nuestras. Cuando nosotros nos preparábamos a salir para buscarle en Andújar, llegaba él
 
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