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Bailén

y para echar a un lado las ranciedades y rutinas de España, que volveré a las andadas y entre los
dos haremos alguna cosa.
—Pero, hombre, ¿cuándo se dará esa batalla, cuándo volveremos a Córdoba, para enseñarle yo a
mi señorita cómo se portan los caballeros de ideas modernas, que han recibido un desaire de las
novias de Jesucristo? Pero diga usted, Santorcaz: si perdemos la batalla, si nos matan....
—Todavía no se ha hecho la bala que ha de matarme a mí. Y usted, ¿qué presentimientos tiene?
—Creo que tampoco he de morir por ahora. ¡Ay! ¡Si me viera usted!, tengo un fuego dentro de
la cabeza.... Me hierven aquí tantos pensamientos nuevos, tantas aventuras, tantos proyectos, que
se me figura he de vivir lo necesario para que sepa el mundo que existe un D. Diego Afán de
Ribera, conde de Rumblar.
—¡Bueno, magnífico! Lo mismo era yo cuando niño. Fuí después a Francia, donde aprendí
muchísimas cosas que aquí ignoraban hasta los sabios. Al volver he encontrado a esta gente un
poco menos atrasada. Parece que hay aquí cierta disposición a las cosas atrevidas y nuevas. En
Madrid se han fundado varias sociedades secretas.
—¿Para asaltar conventos?
—No, no son sociedades de enamorados. Si algún día se ocupan de conventos, será para echar
fuera a los frailes y vender luego los edificios....
—Pues yo no los compraría.
—¿Por qué?
—Porque esas casas son de Dios, y el que se las quite se condenará.
—¿Qué es eso de condenarse? Me río de vuestras simplezas. Pues, hijo, adelantado estáis.
—Vivamos en paz con Dios—dijo D. Diego—. Por eso creo que antes de robar del convento a
mi novia, debemos confesar y comulgar, diciéndole al Señor que nos perdone lo que vamos a
hacer, pues no es más que una broma para divertirnos, sin que nos mueva la intención de
ofenderle.
Santorcaz rompió a reír desahogadamente.
—¿Conque usted es de los que encienden una vela a Dios y otra al Diablo? Robamos a la
muchacha, ¿sí o no?
—Sí, y mil veces sí. Ese proyecto me tiene entusiasmado. Y me marcharé con ella a Madrid;
porque yo quiero ir a Madrid. Dicen que allí suele haber alborotos. ¡Oh!, ¡cuánto deseo ver un
alboroto, un motín, cualquier cosa de esas en que se grita, se corre, se pega! ¿Ha visto usted
alguno?
—Más de mil.
—Eso debe de ser encantador. Me gustaría a mí verme en un alboroto; me gustaría gritar con los
demás, diciendo: «¡Abajo esto, abajo lo otro!» ¡Ay! ¡Como me alegraba cuando mi señora madre
reñía a D. Paco, y éste a los criados, y los criados unos con otros! No pudiendo resistir el
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