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Bailén

puedo menos de copiarlo íntegro y tal cual lo oí, por si mis lectores quieren meditar un poco
sobre el mismo tema.
—Lo que me indicaba usted hace poco—decía Santorcaz—acerca de que esa linda joven que se
le destina para esposa no quiere salir del convento, debe tenerle sin cuidado. Esas son
gazmoñerías de las muchachas españolas, que, engañadas por su fantasía, se creen enamoradas
de Jesucristo, cuando lo que sienten es verdadera pasión por un ideal mundano.
—Y si no quiere salir, que no salga—respondió el joven—. ¡Si yo no la he visto, si yo no
comprendo por qué razón he podido pensar en ella una sola vez!
—¿Pero la quiere usted?
—Confesaré a usted lo que me pasa. Cuando mi madre me llamó un día, y después de darme dos
palmetazos porque tenía las manos manchadas de tinta, me dijo que había determinado casarme,
sentí mucha alegría, y al volver a mi cuarto rompí todas las planas de escritura, diciendo a D.
Paco que yo era un hombre y no me daba la gana de obedecerle. A todas horas pensaba en mi
mujercita y en las delicias del matrimonio. Mi madre escribía cartas y más cartas para concertar
mi boda, y cuando yo le preguntaba con la mayor curiosidad: «Señora madre, ¿cómo va eso?»,
me respondía: «Anda a estudiar, mocoso. Ahora, con la novelería del casamiento no coges un
libro en la mano.» Por fin mi mamá, a fuerza de cartas, lo arregló todo. Cuando fuí a Córdoba,
creí que me la enseñarían; pero aquellas señoras dijéronme que la discreta joven no quería salir
del convento, y, por último, me dieron el medallón que usted tiene guardado. Después la sobrina
me regaló unos dulces, y su tía un pito para que fuera pitando por las calles, y en mi segunda y
tercera visita pasó lo mismo, excepto que no me dieron más pitos. Cuando vi el retrato me gustó
tanto la niña, que por la calle le iba dando besos, y por la noche la acosté conmigo en mi cama.
Estoy prendado de ella; mejor dicho, lo estuve estos días atrás, porque ya, habiendo discurrido
sobre la necedad de prendarme de un retrato, me río de mí mismo y digo: «¡Si de carne y hueso
encontraré tantas, a qué volverme loco por una pintura!»
—Pues no, Sr. D. Diego—dijo Santorcaz—. Puesto que la Sra. Condesa le escogió a usted esa
esposa, sin duda es un gran partido, y usted debe insistir en casarse con ella.
—¿Si? Pues vaya usted a sacarla del convento—añadió Rumblar—. Vamos, que, según me
dijeron, no hay quien le hable de otro esposo que Jesucristo.
—Ya lo he dicho: gazmoñerías de las españolas, por lo general mujeres nerviosas, muy
extremadas en sus pasiones, y dispuestas siempre a confundir en un mismo sentimiento la
voluptuosidad y el misticismo. Cuidado con las monjitas de quince años, que reniegan del siglo y
juran que han de morir de viejas en el claustro. Yo conocí una joven y linda novicia que tampoco
quería tener más esposo que Jesucristo, y que se ponía furiosa cuando le hablaban de salir del
convento, hasta que un Viernes Santo vió a cierto joven al través de la verja del coro. A los
quince días la hermosa novicia abrió por la noche una de las rejas del convento y se arrojó a la
calle, donde le esperaba su amante y hoy feliz esposo.
—¡Oh! ¡Bonitísimo suceso!—exclamó con entusiasmo D. Diego—. ¡Cuánto daría porque a mí
me pasase uno semejante!
—¿Ella le ha visto a usted?
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