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Bailén

Andújar tendría que defenderse al mismo tiempo de nosotros y de la reserva, que le amenazaba
del lado de Poniente. De todos modos, nuestra posición era arriesgada; por lo cual, deseando
Reding cerciorarse de la verdadera distancia a que se hallaba Vedel, había despachado camino
arriba, desde Menjíbar, al teniente de ingenieros D. José Jiménez, con encargo de averiguarlo.
Este valiente oficial, cuyo nombre no está en la Historia, se disfrazó de arriero, y en una fatigosa
jornada supo desempeñar muy bien su comisión, volviendo por la noche a decir que Vedel había
pasado ya más allá de La Carolina.
Así andaban las cosas cuando nos preparábamos a salir de Bailén al amanecer del 19. Pero no lo
habíamos previsto todo: no habíamos previsto que Dupont, muy receloso de aquella ilusoria
ocupación de la sierra por los insurgentes, había levantado su campo en la misma noche, y
silenciosamente, sofocando los ruidos de su tropa, abandonaba la funesta y para ellos maldita
ciudad de Andújar.
Cerca de la madrugada, nuestros jefes disponían las columnas para la marcha. Si al comienzo de
aquella misma noche, que ya se iba a extinguir, una mirada humana hubiera podido escudriñar
desde la altura de los cielos lo que pasaba en aquella larga faja de sementeras y olivares que se
extiende a la vera de los montes, entre éstos y el Guadalquivir, habría visto que del obscuro
caserío de Andújar se destacaba cautelosamente, escurriéndose por detrás de las casas, una hilera
de hombres y caballos; que esta hilera se iba alargando por la carretera en interminable
procesión, y serpenteaba con lento paso, sin ruido y sin luces; habría visto cómo se iba
extendiendo la negra raya, destacándose a ratos sobre la tierra blanquecina, a ratos
confundiéndose con los obscuros olivos, sin dejar de seguir paso a paso, como si no quisiera ser
vista y anhelara apagar en el polvo el ruido de las cureñas; habría visto que iban delante unos
tres mil hombres de infantería, después un escuadrón de caballos, después seis cañones, después
un número inmenso de carros, tantos, tantos carros, que ocupaban dos leguas; detrás de los
carros nuevos grupos de infantería y muchos generales; después otros seis cañones, dos
regimientos de coraceros; luego cuatro cañones, y al fin otro grupo de jefes, seguidos de
quinientos hombres de a pie. Esta raya no se detenía en parte alguna, y avanzaba despacio y con
precaución, custodiando sus dos leguas de convoy. Los hombres que la formaban, mudos y
cabizbajos, presagiando sin duda funestos acontecimientos, dirían para sí: «Llegaremos a La
Carolina, donde ya estará Vedel, y batiendo a los insurgentes, nos abriremos paso por
desfiladeros para abandonar esta tierra maldita, a la cual el Emperador ha tenido la mala
ocurrencia de enviarnos.... ¡Oh! ¡Cuándo os veremos, tierras de la Turenne, del Poitou, de la
Charente, de los Vosgos, del Artois, del Limosin!...»
XXIII
Mientras aguardábamos la salida, nuestras lenguas no estaban ociosas, y, aunque Marijuán me
entretenía por un lado con sus donaires y chuscadas, por el otro era de tanto interés un diálogo
entablado entre Santorcaz y D. Diego, que a las palabras de éstos dirigí toda mi atención. No
 
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