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Bailén

—Hijo mío, recordarás que te entregué una espada que fué de tus abuelos. Honra da al que la
ciñe ese acero antiguo; pero también ella la recibe de las manos de su poseedor, si éste es
persona que sabe adquirirla en los campos de batalla. ¿Deshonrarás tú esa espada que llevó el
tatarabuelo de tu padre en el sitio de Maestrich, cuando medio mundo se llamaba España?
—¡La espada!—exclamó el chico con sorpresa—. Ya no me acordaba de la dichosa espada. Si
ya no la tengo.
—¿Que no la tienes?—preguntó D.ª María ton estupefacción.
—No, señora. ¡Si no sirve para nada! Cuando dimos el primer ataque en Menjíbar, saqué yo mi
espadita, y a los primeros golpes que di en unas hierbas observé que no cortaba.
—¡Que no cortaba!
—No, señora. Era una hoja mellada, llena de garabatos, letreros, sapos por aquí, culebras por
allí, y cubierta de moho desde la punta a la empuñadura. ¿Para qué me servía? Como no tenía
filo, la cambié por un sable nuevo que me dió un sargento.
—¡Y diste la espada, la espada!...—exclamó la Condesa, levantándose de su asiento.
La señora estaba sublime en su indignación. Parecía la imagen de la Historia levantándose de su
sepulcro a pedir cuentas a la generación contemporánea.
—Sí, señora: se la di al sargento—añadió el mozo, sacando de la vaina un sable nuevo,
reluciente y de agudísimo filo—. ¡Si aquello no servía más que de estorbo! Muy bonita, eso si,
toda llena de dibujos de plata y oro; pero, señora madre, si no cortaba..., si estaba llena de orín....
Vea usted este sable: no tiene letrero, ni cabecitas, ni garrapatos, ni nada; pero corta que es un
gusto.
Observamos que la Condesa dió un paso hacia su hijo; que su semblante hermoso y venerable se
contrajo, desfigurado por la ira; que extendió sus brazos; que comenzó a balbucir con locución
atropellada, cual si su indignada lengua no acertara a encontrar una palabra bastante dura,
bastante enérgica para tal situación; la vimos después llevarse ambas manos a la cabeza,
retroceder, vacilar, apoyarse en el hombro de D. Paco, y por último, reponerse, erguirse,
serenarse, mirar a su hijo con desdén, señalar a la calle, donde de improviso empezaba a oírse
fuerte redoblar de tambores, y decir:
—El ejército se va. Marcha, corre. Cuando se acabe la guerra, ajustaremos cuentas. Si eres
valiente y vuelves vivo, a palmetazos te enseñaré a respetar tu nombre. Pero si eres cobarde, no
vuelvas acá.
Salimos a toda prisa, y montando en nuestras cabalgaduras, ocupamos las filas. Al punto se nos
unió Santorcaz. Don Paco no quiso salir a despedirnos, porque estaba traspasado de dolor, al
ver—según dijo después—cómo en una semana se torciera, al soplo de las malas compañías, el
derecho arbolito criado con tanto esmero en el apacible huerto de sus lecciones.
Las dos señoritas salieron a las ventanas, y nos despedían agitando los mismos pañuelos con que
secaban sus lágrimas. Ninguna de las dos, ni la destinada al matrimonio, que era, por tanto,
ignorante, ni la consagrada al claustro, que era ya medio doctora, habían entendido la
conversación que acabo de referir.
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