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Bailén

indecentes echaron por aquellas bocazas! ¡Así se vengaban los muy perros! ¿Pues qué creéis?
Dieron muerte a muchas personas que no les hacían daño, lo cual creo yo que no se vió en
ninguna de las guerras de Alejandro. Pero también se les molió de firme. Unos cuantos pasaron
por la calle de enfrente hechando bravatas, y detuviéronse en la puerta de la posada de Gil,
donde tenían encendido el horno para cocer la loza. ¡Ay! Mis francesitos se ponen a decir no sé
qué insolencias obscenas a la mujer de Gil, cuando salen los mozos, me les agarran, y con
morriones y todo..., ¡plaf!..., al horno.... Pero ahí viene la Sra. Condesa, que estaba en el oratorio
con las niñas.
En efecto; vimos desfilar gravemente, cubierta de negro manto, a la señora de la casa, seguida de
los dos tiernos pimpollitos de sus hijas, las cuales arrojáronse llorando en los brazos de su
hermano. Doña María abrazó a su hijo sin perder ni por un instante su solemne y estirado
empaque, y luego saludónos a todos con mucho afecto, nombrándonos uno por uno. Cuantos
componían la cuadrilla estaban presentes, menos Santorcaz, el cual desde nuestra llegada había
pedido con mucha prisa a D. Paco recado de escribir y puéstose a trazar unas cartas en el
despacho de éste.
La Condesa, después de saludarnos, tomó asiento y dirigió a D. Diego estas palabras dignas de la
Historia:
—Hijo mío, sé todo lo que pasó en la acción del 16, y nadie me ha dicho que hicieras algo
notable. ¿Has tenido miedo?
—¡Miedo!—exclamó el muchacho, riendo—No, señora. He cumplido con mi deber en las filas,
y nada más hasta ahora; pero su merced no se impaciente, porque aunque no soy más que
soldado, espero lucirme.
—¡Nada más que soldado!—dijo la Condesa—. Tú no eres soldado, aunque así parezca.
Cualquiera que sea el puesto que se ocupe, cada cual debe obrar conforme a su nombre y a la
posición que tiene en el mundo. ¿Qué se diría de ti, de mí, de esta casa, de tu difunto padre, si en
estas guerras no hicieras algo superior a lo que corresponde a un simple soldado?
—Señora—repuso el mozo con un desenfado que sorprendió a su familia—, yo haré lo que
pueda, y según lo que haga, así seré más o menos que los demás. Y ya que hablo de esto, señora
madre, yo quiero seguir en el ejército, yo quiero que su merced pida al Rey, ¿qué digo al Rey?, a
la Junta, una bandolera.
—Tú no estás destinado a ser militar sino en esta ocasión suprema, en que la patria necesita de
todos sus hijos, desde el más alto al más bajo.
—Pero, señora madre, no soy nada y quiero ser algo—insistió el joven, mostrando una energía
que nadie hasta entonces le había conocido.
—¡Que no eres nada!—exclamó la madre, con sorpresa primero, después con cólera, y
mirándonos a todos como para preguntarnos si su hijo se había vuelto loco durante la campaña.
—Yo no soy nada, no soy más que un papamoscas—repuso el chico—. ¿De qué me valen esos
papeluchos viejos y esos escudos de armas, si todos se ríen de mi desde que abro la boca, porque
no digo más que necedades?
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