Not a member?     Existing members login below:

Bailén

quien poco antes había dado hospitalidad, intercede por él; es puesto en libertad, y aquel petit
caporal de las guerrillas marcha a Sevilla y recibe de la Junta los galones de capitán de ejército.
Pues bien: lo que pasaba en Montoro ocurría en todos los pueblos de la carretera de Andalucía,
desde Córdoba hasta Santa Elena. El gigante que incendiaba lugares y destrozaba ejércitos no
podía dar un paso sin encontrar un avispero, y frenético con aquel zumbido, envenenado por los
aguijones, maldecía la hora de la invasión. El águila, devorada por los insectos, graznaba a
orillas del Guadalquivir con hambre y calentura, afilando sus garras en el tronco de los olivos,
con el ansia de que llegara pronto la ocasión de destrozar alguna cosa.
XXI
Cuando entramos en Bailén, ya muy avanzada la noche, nos sorprendió mucho el no ver ninguna
fuerza francesa a la entrada del pueblo para disputarnos el paso. ¿Adónde habían ido los
franceses? ¿Qué les pasaba, cuando ni por precaución dejaron allí un par de batallones para
guardar punto tan importante? Pronto salimos de dudas, porque de boca de los habitantes de
Bailén, que salieron en masa a recibirnos, supimos que la división Vedel había pasado por allí en
dirección a La Carolina.
—Nosotros les hacíamos a ustedes en Linares—dijo D. Paco, que también salió a nuestro
encuentro, rebosando de júbilo—. ¡Oh!, Sr. Conde, niño mío.... ¿Está por ventura herido Vuestra
Excelencia? Vamos un rato a casa, donde la Sra. Condesa y las niñas están rezando por el buen
éxito de la guerra. ¿No darán un descanso a las tropas?
Nuestro General había determinado salir en seguida para Andújar; pero como ocupábamos todo
el pueblo, pudimos llegarnos a la casa de nuestro amo, en cuya sala baja se nos dió un tentempié
muy confortante.
—Es un milagro que podamos daros estos cuantos panes y estas onzas de chocolate crudo—nos
dijo D. Paco al ofrecernos aquellos artículos—. Los franceses no han dejado nada. ¡Qué
horroroso saqueo! Y gracias que quedamos con vida. ¡Ay!, la Sra. Condesa salió a recibirlos con
una serenidad que me espantó. Yo temblaba, y tuve que esconderme en el oratorio, porque
delante de ellos hubiera perdido la dignidad de mi carácter. ¡Qué modo de saquear!...; en una
palabra, la paja de los caballos, las gallinas del corral, los huevos, hasta unos tomates que tenía
yo guardaditos en mi escritorio para hacer un gazpachito..., todo, todo se lo llevaron. El pueblo
está muerto de miseria, y yo sé de mucha gente que hechó la harina en los muladares para que
ellos no se la llevaran. ¿No lo creéis? ¿Pues y el Sr. Salvador, que sacó al campo los doscientos
pellejos de aceite y ciento de vino que tenía en su cueva, y destapándolos dejó correr aquel
precioso caldo hasta que todo se lo chupó la tierra? Otros hicieron una grande hoguera con los
carros y la paja. Las alhajas de las imágenes y la plata de las iglesias están todas enterradas,
porque esto parece que es lo que más les abre el ojo a esos señores. Así estaban ellos de rabiosos
cuando vieron que no sacaban de aquí gran cosa. El día 16, después de haber pasado un gran
miedo, gozamos lo indecible cuando les vimos llegar de la barca de Menjíbar, derrotados y con
su General muerto. ¡Cómo corrían por esas calles, y qué gritos daban, y qué cosas tan atroces e
 
Remove