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Bailén

sobre la espalda del ejército de Dupont, bajando desde Bailén. ¿Era éste el objeto que nos guiaba
en nuestra marcha? Parecíanos que sí.
Mientras llegaba el momento del drama, lejos de nosotros y en los flancos del ejército imperial,
mil dramáticas peripecias debían precipitar la catástrofe, irritando paulatinamente al enemigo.
Los cuerpos y columnas de guerrilleros, mandados por D. Juan de la Cruz, el conde de
Valdecañas y el clérigo Argote, se habían desparramado como enjambre mortífero por los
pueblos y caseríos que dominaba el Cuartel General francés en las primeras estribaciones de la
sierra, al Norte de Andújar. De tal modo perseguían aquellos ardorosos paisanos a los franceses,
y con tanta rapidez se dispersaban para evitar ser atacados, que a los invasores les era de todo
punto imposible estar tranquilos un solo momento. El poderoso gigante sacudía de una manotada
aquellos moscones venenosos; pero éstos volvían a zumbar en derredor suyo, le molestaban con
sus terribles picaduras, y huían incólumes, sin temer la espada ni el cañón, pues estas armas no
se han hecho para mosquitos.
No podían los franceses apartarse de su Cuartel General como no fuera en grandes
destacamentos. Frecuentemente iban mil hombres a llenar en la fuente próxima unas cuantas
alcarrazas de agua. Si por acaso salían a merodear pelotones de poca fuerza, eran despachados
por los guerrilleros en menos que canta un gallo. Antes que consentir que se apoderasen de una
panera, la quemaban; las fuentes eran enturbiadas con lodo y estiércol, para que no pudieran
beber; los molinos, desmontados y enterradas sus piedras para que no molieran un solo grano.
¡Ay de aquel francés que se rezagara en las marchas de su destacamento! Sentíase de improviso
asido por mil coléricas manos; sentíase arrastrado por las mujeres, pellizcado por los chicos y
acuchillado por los hombres, hasta que su existencia se apagaba con horrible choque en la fría
profundidad de un pozo. El invasor no encontraba asilo en ninguna parte, y forzosamente
encerrado en los límites del Cuartel General, veía conjurados contra sí hombres y Naturaleza.
Por esto, rabioso y desesperado, anhelaba batirse en función campal, seguro de su destreza y
costumbre de guerrear; y lamentando la estupefacción del General en Jefe, exclamaba: «Demos
una batalla, y, aunque muera la mitad del ejército, la otra mitad conquistará un charco en que
beber y un puñado de trigo seco que llevar a la boca.»
Habían dejado los franceses en Montoro un destacamento de setenta hombres para custodiar un
molino donde fabricaban con dificultad harina malísima. El alcalde de aquella villa, donde no
había quedado ni una sola arma de fuego, se atreve, sin embargo, a dar cuenta de los setenta
franceses, para lo cual era preciso despachar primero a los veinticinco que a todas horas estaban
de guardia en el puente. Reúne, pues, algunos paisanos decididos, y usando la arma blanca, ataca
con furia a la guardia; los veinticinco son exterminados; apodérase de sus fusiles la valiente
cuadrilla, sorprende el resto del destacamento en la casa donde se albergaba, hace prisioneros a
soldados y jefes, y les manda a la isla de León. El parte en que se notificó este suceso a la Junta
Suprema decía que todo se hizo con las varas de los harrieros (conservo la ortografía del
original); pero esto ha de ser una hipérbole andaluza.
Sintiéndose llamado a mas grandes acciones, D. José de la Torre (que así se nombraba aquel
alcaldito) sale al encuentro de un convoy que venía de Córdoba, y de los cincuenta y nueve
franceses que custodiaban éste, los cincuenta quedan tendidos en el camino, y los nueve
restantes corren a contar a Dupont lo que ha pasado. Entonces Dupont envía mil hombres a
Montoro con encargo de que incendien el pueblo y lleven vivo o muerto al alcalde. Arde
Montoro, y La Torre, conducido vivo, va a ser pasado por las armas; pero un general francés, a
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