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Bailén

Así, aquella fantasía encerrada en el capullo de una educación mezquina, agujeraba con
entusiasmo su encierro, porque había vislumbrado fuera alguna cosa que tenía la fascinación de
lo nuevo. Así, aquel germen de pasión y de inteligencia, guardado en un huevo, se reconocía con
vida, se reconocía con fuerza, y empezaba a dar picotazos en su cárcel, anhelando respirar fuera
de ella otros aires y calentarse con calores más enérgicos. Así, aquella ceguera abría sus
párpados, gozándose en la desconocida luz.
La conversación terminó en el punto en que la he dejado, porque la noche estaba muy avanzada
y casi todos empezaron a rendirse al sueño, excepto el mayorazguito, cuyo despabilamiento era
casi febril. Largo tiempo continuaron él y Santorcaz hablando en diálogo animadísimo, como si
discutieran planes y expusieran proyectos de gran trascendencia para los dos. Yo me aparté del
grupo, fingiendo retirarme a dormir; pero con ánimo de satisfacer una imperiosa exigencia de mi
alma, que a veces me pedía soledad y meditación. Todos los ruidos habían cesado en el
campamento: las guitarras y castañuelas, así como las cajas y las cornetas, estaban mudas,
porque el ejército dormía. Lejos del grupo de mis amigos, echéme sobre el suelo, aguardando la
aurora, sin poder ni querer cerrar los ojos; y allí me puse a meditar sobre lo que desde mi salida
de Madrid había visto y oído: ¡Cuántas personas nuevas para mí había encontrado en aquella
breve jornada de mi vida! ¡Con cuánto afán, meditando a solas y mirándolas al lado, preguntaba
a los caminantes si tenían alguna noticia de lo que me reservaba el Destino! De todas aquellas
personas, ninguna estaba tan enérgicamente fija en mi pensamiento como Santorcaz, hombre
para mí incomprensible y sospechoso, y que empezaba a inspirarme secreta antipatía, sin que
acertara a explicarme por qué.
XX
Al siguiente día hicimos un movimiento por la orilla izquierda, río arriba, hasta un punto mucho
más alto que Menjíbar. Nada entendíamos; pero Santorcaz, o por petulancia o porque realmente
había penetrado la intención de Reding, nos dijo:
—Nuestro General sabe lo que se hace, y es hombre que conoce la filosofía de las marchas.
Después de detenernos a orillas del Guadalimas, parte del ejército se entretuvo en marchas
incomprensibles, y empleando en esto más de un día, nos encontramos de nuevo sobre Menjíbar
al anochecer del 18, punto al cual había llegado horas antes la división del marqués de
Coupigny. Reunidos ambos ejércitos, no hubo allí más parada que la precisa para recoger las
provisiones de que estábamos tan escasos, y ya muy de noche emprendimos el camino de Bailén.
Éramos catorce mil hom bres. Todo anunciaba que íbamos a tener un encuentro formal con el
ejército francés.
Según nuestras noticias, Dupont continuaba en Andújar, reforzado por la división de Vedel.
¿Habían trabado acción con nuestro tercer cuerpo y el de reserva, que, pasando el río por
Marmolejo, estaban situados en la orilla derecha? Nosotros creíamos que sí, a menos que
Castaños no aguardase para atacar enérgicamente a que la primera y segunda división cayeran
 
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