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Bailén

Si no reconocemos las abdicaciones, ni admitiremos de Rey a ese D. José, ni nos da la gana de
obedecer al Emperador, porque los españoles mandamos en nuestra casa, y si los reyes se han
hecho para gobernarnos, a nosotros no nos han parido nuestras madres para que ellos nos lleven
y nos traigan como si fuéramos manadas de carneros ...» ¿Estamos? ¿Lo comprendéis? Pues
esto, ni más ni menos, es lo que está pasando aquí. Y ahora contéstenme los alcornoques que me
oyen: ¿quién manda, quién dispone las cosas, quién hace y deshace, el Rey o el reino?
El estupor que produjeron estas palabras reveladoras en el atento concurso, compuesto de
muchachos rudos e ignorantes, pero de gran viveza de imaginación, fué tan extraordinario, que
por un corto rato no se oyó la más insignificante voz, señal cierta de que las ideas vertidas por
Santorcaz, entrando de improviso en los obscuros cacúmenes de sus oyentes, habían armado allí
gran zipizape y polvareda, dejándoles aturdidos, confusos y sin palabra. El primero que rompió
el silencio fué Rumblar, diciendo:
—Todo eso está muy bien dicho. ¿Creeréis que hace días me ocurrió una idea parecida cuando
estaba cazando moscas y poniéndoles rabos en cierta parte, para que al volar hicieran reír a mis
dos hermanas, que estaban rezando? Sólo que yo no sabía cómo decir aquello que pensaba.
—Si, señores, ¡vivan las Juntas!—exclamó uno, levantándose—. Yo me sé de memoria aquel
papel que echó a la calle la de Córdoba, diciendo.... Óiganme: «¡Cordobeses: los reinos de
Andalucía se ven acometidos por los asesinos del Norte; vuestra patria va a ser oprimida bajo el
yugo de un tirano; vosotros mismos seréis arrancados de vuestros hogares y de vuestras casas.
Cuarenta argollas está labrando el lascivo Murat para conduciros al Norte como a los animales
más inmundos.... ¡Soldados, gemid de rabia y furor!... Doce millones de hombres os están
mirando y envidiando vuestra gloria, y aun la Francia misma ansia por vuestros triunfos.»
Ruidosos aplausos y gritos acogieron esta proclama, fielmente recitada con dramáticos gestos
por el muchacho.
—Pues sí los españoles—continuó luego Santorcaz—pueden hacer lo que están haciendo, ¿no
pueden también decir el día de mañana: «Vamos, no queremos que haya más Inquisición ni más
vinculaciones...?», pongo por caso.... O que digan: «En lugar de mil conventos, que haya tan
sólo la mitad, con lo cual basta y sobra», o «No me da la gana de que haya diezmos ...»
—Eso sí que estaría bueno—dijo Marijuán—. Pero si todos los españoles van a hacer eso, y cada
uno empieza a tirar por su lado diciendo lo que quiere, se armará un laberinto tal que no podrán
entenderse.
—Vaya unos zotes—añadió Santorcaz—. Pero venid acá: ¿no veis que hay en Sevilla una Junta,
que es la que dispone? ¿No veis que hay otra en Granada, otra en Córdoba y otra en Málaga,
etc.? Pues en lugar de todas esas Juntas pequeñas que gobiernan en cada pueblo, ¿no puede
haber una muy grande que se reuna en Madrid y acuerde lo que se ha de hacer?
Miráronse los oyentes unos a, otros, y los monosílabos de aquiescencia y de admiración
corrieron de boca en boca, demostrando la prontitud con que aquellas juveniles inteligencias
desplegaban sus alas, aún entumecidas y vacilantes, para intentar describir los primeros círculos
en el espacio del pensamiento.
Estas conversaciones me enamoran—dijo el condesito de Rumblar—. Me estaría toda la noche
oyendo a este hombre, sin cansarme. Ya, ya voy aprendiendo muchas cosas que no sabía.
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