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Bailén

—¿Cómo puede ser eso? Si el Rey no quiere ... ¿Hay quien esté por cima del Rey? El Rey
manda en todas partes, y digan lo que quieran, no hay más que su sacra real voluntad.
¡Muchachos, viva Fernando VII!
—Pero vengan acá, zopencos—dijo Santorcaz—. ¿Dicen ustedes que nadie manda más que el
Rey?
—Nadie más.
—Y si todos los españoles dijeran a una voz: «¿Queremos esto, señor Rey; nos da la gana de
hacer esto», ¿qué haría el Rey?
Abriéronse de nuevo todas las bocas, y nadie supo contestar.
Nota a pie de página
[2] Palabras textuales de la Junta Suprema de Sevilla.
XIX
—Gaznápiros, animales, si estáis probando lo que digo—añadió con energía D. Luis—. Lo que
pasa en España, ¿qué es? Es que el reino ha tenido voluntad de hacer una cosa y la está haciendo,
contra el parecer del Rey y del Emperador. Hace tres meses había en Aranjuez un mal Ministro,
sostenido por un Rey bobo, y dijisteis: «No queremos ese Ministro ni ese Rey», y Godoy se fué
y Carlos abdicó. Después Fernando VII puso sus tropas en manos de Napoleón, y las autoridades
todas, así como los generales y los jefes de la guarnición, recibieron orden de doblar la cabeza
ante Joaquín Murat; pero los madrileños dijeron: «No nos da la gana de obedecer al Rey, ni a los
Infantes, ni al Consejo, ni a la Junta, ni a Murat», y acuchillaron a los franceses en el Parque y en
las calles. ¿Qué pasa después? El nuevo y el viejo Rey van a Bayona, donde les aguarda el tirano
del mundo. Fernando le dice: «La Corona de España me pertenece a mí; pero yo se la regalo a
usted, Sr. Bonaparte». Y Carlos dice: «La Coronita no es de mi hijo, sino mía; pero para acabar
disputas, yo se la regalo a usted, Sr. Napoleón, porque aquello está muy revuelto y usted solo lo
podrá arreglar». Y Napoleón coge la Corona y se la da a su hermano, mientras volviéndose a
ustedes les dice: «Españoles, conozco vuestros males y voy a remediarlos.» Pero ustedes se
encabritan con aquello, y contestan: «No, camarada, aquí no entra usted. Si tenemos sarna,
nosotros nos la rascaremos: no hay más Rey de España que Fernando VII.» Fernando se dirige
entonces a los españoles y les dice que obedezcan a Napoleón; pero entretanto, muchachos, un
señor que se titula alcalde de un pueblo de doscientos vecinos escribe un papelucho diciendo que
se armen todos contra los franceses: este papelucho va de pueblo en pueblo, y como si fuera una
mecha que prende fuego a varias minas esparcidas aquí y allí, a su paso se va levantando la
nación desde Madrid hasta Cádiz. Por el Norte pasa lo propio, y los pueblos grandes, lo mismo
que los pequeños, forman sus Juntas, que dicen: «No; si aquí no manda nadie más que nosotros.
 
 
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