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Bailén

—Oye, tú, Marijuán—dijo otro—, ¿sabes lo que contaban en Sevilla? Pues que la Junta se iba a
poner de compinche con las otras Juntas para ver de quitar muchas cosas malas que hay en el
gobierno de España, lo cual podemos hacer nosotros sin necesidad de que vengan los franceses a
enseñárnoslo.[2]
—Así ha de ser—observó Santorcaz—. Me han dicho que en Sevilla hay sociedades secretas.
—¿Qué es eso?
—Ya sé—replicó uno—. Tiene razón don Luis. En Sevilla hay lo que llaman flamasones,
hombres malos que se juntan de noche para hacer maleficios y brujerías.
—¿Qué estás diciendo? No hay tales maleficios. Mi amo iba también a esas Juntas, y cuando su
mujer se lo echaba en cara, respondía que los que allí iban entraban al modo de filósofos y no
hacían mal a nadie.
—Pues en Madrid las sociedades secretas están todavía en la infancia—añadió Santorcaz—. En
Francia las hay a miles, y todo el mundo se inscribe en ellas.
—Pues si voy a Madrid—dijo con énfasis el mayorazguito—, lo primero que haré será meterme
en una de esas sociedades, donde sin duda se han de aprender muy buenas cosas. ¿No es verdad,
D. Luis? Yo no tengo nada de torpe: me lo conozco, sí, señores. ¿Creerá usted, Sr. Santorcaz,
que eso que usted ha dicho de los mayorazgos se me había ocurrido a mí muchas veces cuando
jugaba en el patio de casa con las gallinas? Pero ya que me enseña usted lo que ignoro,
contésteme a una duda: ¿por qué tenemos nosotros en nuestras casas tantos papelotes llenos de
garabatos, y por qué usamos esos escudos con sapos y culebras? El de mi casa tiene cuatro
lagartos y un tablero de ajedrez con dos calderitos muy monos.
—Si esos signos representan algo—repuso Santorcaz—, es referente al primero que los usó, a
sus hazañas, si las hizo, o a sus privilegios, si los tuvo; pero hoy, amiguito, tales pinturas no
valen de nada, y dentro de algunos años, los que las posean sin dinero, serán unos pobres
pelagatos, a quienes nadie se arrimará, así como todo aquel que haya hecho una fortuna con su
trabajo o descuelle por su talento, será bienquisto en el mundo, aunque no tenga ni un adarme de
lagartija en su escudo.
—¿De modo—preguntó el mozalbete—que yo seré un pelagatos si llego a perder mi patrimonio
o soy un bruto? Esto sí que es bueno.
—Nada, nada—dijo uno—. Fuera mayorazgos, y que todos los hermanos varones y hembras
entren a heredar por partes iguales.
—Eso no puede ser—observó Marijuán—, porque entonces no habría las grandes casas que dan
lustre al reino.
—Eso no puede ser—afirmó un tercero—. Pues qué, ¿el Rey iba a ser tan tonto que quitara los
mayorazgos? Nada, nada; los dejará siempre por la cuenta que le tiene.
—Es que si el Rey no quiere quitarlos, no faltará quien los quite—añadió Santorcaz.
Todos se rieron al oír sostener la idea de que existe alguna voluntad superior a la voluntad del
Rey.
 
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