Not a member?     Existing members login below:

Bailén

—Yo—dijo D. Diego con su natural ingenuidad—me voy a casar. A todos les convido a mi
boda. «¿Y quién es la novia?», dirán ustedes. Pues sepan que no la he visto. Mi señora madre lo
ha arreglado todo con otras dos señoras de Córdoba, y, según me han dicho, es más bonita que el
Sol, aunque ahora da en la manía de no salir del convento.
—Será para cuando acabe la guerra, porque ahora no está el horno para bollos—dijo Marijuán—
. Yo también voy a casarme con una muchacha de Almunia, que tiene siete parras, media casa y
burro y medio de hijuela. También será cuando acabe la campaña, y a todos les convido a mi
boda. ¿Y tú, Gabriel, no piensas casarte?
—Pues yo, para no ser menos—contesté—, digo que cuando termine la guerra me casaré
también. «¿Y con quién?», diréis. Pues me caso con una condesa.
—¡Con una condesa!
—Sí, señores, con una condesa que posee todas estas tierras que estamos viendo y otras más allá,
y tiene dos escudos con ocho lobos sobre plata y catorce calderos, con media cabeza de moro y
un letrero que dice....
Toma casa con hogar y mujer que sepa hilar—dijo Marijuán, interrumpiéndome—. ¿Pues no
dice que se casa con una condesa? Será con alguna duquesa del estropajo. Pero dí, ¿en qué
alcázares reales está tu novia?
—Este es un bobalicón que no sabe lo que se habla—observó D. Diego—. ¡Lucida condesa será
ella! Pues, como os decía, muchachos, mi novia está muy desazonada esperando a que se acabe
la guerra para casarse conmigo. Así me lo han dicho, y lo creo. Apuesto que estáis rabiando por
saber quién es y cómo se llama; pero eso no lo he de mentar, porque mi señora madre y D. Paco
me dijeron que si hablaba de esto antes de llegar la ocasión, me castigarían no dejándome montar
en el potro. ¡Qué guapa es, señores! Sus ojos son dos luceros, como aquel grande y muy claro
que está sobre el tejado de esa casa; su boca se compone de dos hojas de rosa; sus dientes hacen
que todas las perlas echen a correr de envidia; sus mejillas son claveles abiertos, y cuando llora,
sus lágrimas son diamantes. Yo no la he visto más que en figura; porque han de saber ustedes
que cuando fuí a visitar a sus tías en Cór doba, me dieron un medalloncito con el retrato de la
que ha de ser mi mujer, el cual retrato, por temor a que se me perdiera, lo he dado a guardar al
Sr. de Santorcaz.
—Eso se parece—dijo uno de los oyentes—la historia de la princesa Laureola, por quien
vinieron de la Meca los tres reyes moros, y dice el cuento que tenía los ojos de azabache
ardiendo, la boca de flor de granado, y las orejas de caracolitos del mar. ¿Lo sabes tú?
—Eso está en el romance de la Reina mora, bruto. ¿Qué tiene eso que ver con la princesa
Laureola?
—Yo sé el romance de la Reina mora—gritó D. Diego, batiendo palmas—. ¿Lo echo?
—Venga.
—No: el del Barandal del cielo, que es más bonito y habla de la Virgen—añadió el Condesito,
gozoso de poder lucir sus habilidades—. Me lo enseñó mi hermana Presentación, que sabe
Remove