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Gatsby
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como buenos chicos que éramos nos conformamos, supliendo los dos tercios restantes con la
substancia moral del entusiasmo.
—Pero, Sr. de Santorcaz—pregunté a mi compañero, cuando, con el agua al estribo, vadeábamos
el Guadalquivir—, ¿nos quiere usted decir por qué no se nos ha llevado adelante? ¿Por qué
después de esta victoria desandamos lo andado?
—¡Zopenco!—me contestó—. Esto no ha sido más que una fiestecilla de pólvora, y todavía no
ha empezado lo bueno. ¿Crees que no hay más franceses que esos cuatro gatos de Ligier-Belair?
¿Qué sabes tú si a estas horas Vedel, que a Andújar fué en auxilio de Dupont, habrá regresado a
Bailén? Ahora, o yo me engaño mucho, o vamos en busca del marqués de Coupigny para
reunirnos y emprender juntos un nuevo ataque. ¿Estás al tanto de lo que digo? ¿Ves cómo no en
vano ha mordido uno el cebo en Hollabrün, en Austerlitz y en Jena?
Efectivamente, la intención de nuestro General era reunirse con Coupigny; pero esto no se
verificó hasta la noche del 17 al 18.
XVIII
Se nos acampó en un alto a espaldas de Menjíbar, y supimos con gusto que aquella noche no
haríamos movimiento alguno. Nuestro gozo, como nuestra fatiga, necesitaba descanso;
necesitábamos dar desahogo al efervescente júbilo, no sólo renovando en la memoria todos los
incidentes de la acción de aquel día, sino también refiriendo cuanto cada uno hizo y cuanto dejó
de hacer para que la batalla fuese completamente ganada. Los suizos y los soldados de línea no
estaban tan engreídos como nosotros los paisanos, que creíamos haber asistido a la más grande y
gloriosa acción de los modernos tiempos. Mirábamos con desdén a los que quedaron de reserva,
y al contarles lo que pasó, hacíamos subir a cifras fabulosas el número de franceses segados por
nuestros cortadores sables en la refriega.
Largas horas pasamos sobre el campo saboreando los deliciosos recuerdos de tanta gloria, que
como dejos de un manjar muy rico nos renovaban el placer del vencimiento. La noche era como
de verano y como de Andalucía, serena, caliente, con un cielo inmenso y una atmósfera clara,
donde algo sonoro fluctúa, cuya forma visible buscamos en vano en derredor nuestro. Tendidos
sobre la caldeada tierra a orillas del río, cuyas frescas emanaciones buscábamos con anhelo,
entreteníamos las horas hablando, cantando o haciendo eruditas disertaciones sobre la campaña
tan felizmente emprendida. En un grupo se jugaba a las cartas, en otro se decía un romance de
héroes o de santos, en este algunos cantaores echaban al vuelo las más románticas endechas de la
tierra, pues desde entonces era romántica Andalucía; en aquel se narraban cuentos de brujas, y en
algunos, finalmente, se dormía sin inquietud por el día venidero.
Nuestro D. Diego, siempre al arrimo de Santorcaz; Marijuán, yo y algunos más formábamos un
grupo bastante animado, en el cual no cesó el ruido hasta muy alta la noche. Después de cantar,
no escasearon los cuentos, acertijos y adivinanzas, y, por último, la conversación recayó en tema
de mujeres.
 

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