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Bailén

La gloria de cargar sobre la infantería francesa perteneció tan sólo a las primeras filas, aunque no
les duró mucho el regocijo, porque los enemigos, convencidos ya de que no tenían fuerza
bastante para hacernos frente, tomaban a toda prisa el camino de Bailén. Una vez posesionados
del camino, seguimos adelante; pero los caballos franceses corrían a todo escape, y la infantería
se puso en salvo por las veredas, dispersándose a un lado y otro de la carretera. Sobre las diez
nos detuvimos, y, puestas en orden las columnas, avanzamos despacio, porque recelábamos de
ser atacados por una división entera. Entretanto, nuestras pérdidas habían sido nulas en la
caballería, y escasas, aunque sensibles, en la infantería, qué perdió un capitán del regimiento de
la Reina y bastantes soldados.
Después de haber perdido de vista a los enemigos, continuamos la marcha hacia Bailén, si bien
con mucha cautela, pues había la presunción de que los franceses, reforzados con gran número
de tropas, caballos y artillería, se nos presentarían de nuevo en mitad del camino,
sorprendiéndonos en nuestra triunfal carrera. Así fué, en efecto. A eso del mediodía nuestras
columnas avanzadas recibieron el fuego de los imperiales, que rehechos con un destacamento
que de Linares había llegado, trataban de ganar lo perdido.
Furiosos por el reciente desastre, acometieron briosamente a nuestra vanguardia. Tomamos
posiciones, y las tropas ligeras, ayudadas de un enjambre de paisanos, se diseminaron por las
escabrosidades próximas, desde cuyos matorrales mortificaban a los franceses con fuego
menudo. La caballería, entretanto, continuaba muy lejos de la acción, y aunque nuestro deseo
hubiera sido que a lo más recio se nos enviara para desahogar nuestro enardecido pecho, Dios
quiso por fortuna que no llegase esta ocasión, pues la escaramuza terminó de improviso, cesaron
los tiros, y vimos con sorpresa que los franceses, como poseídos de súbito pavor, retrocedían a la
desbandada hacia Bailén, recogiendo precipitadamente sus heridos.
¿Qué ocurría? Según después supimos, Francia había tenido una pérdida funesta, la de su general
Gobert, el cual cayó mortalmente herido por una de esas balas de guerrero invisible, que salían
de entre las malezas para taladrar el corazón del Imperio. Aquel valiente militar murió pocas
horas después en Guarromán. Dueños nosotros del campo, y sin enemigos a la vista, parecía
natural que fuéramos sobre Bailén; pero el ejército volvió hacia Menjíbar para repasar el río,
movimiento que no fué por nosotros comprendido. Muy orgullosos estábamos, y especialmente
los inexpertos paisanos no cabíamos en el pellejo.
—¡Hoy es día del Carmen!—exclamó don Diego—. ¡Viva la Virgen del Carmen, y mueran los
franceses!
Ruidosas exclamaciones alegraron y conmovieron nuestras filas. Era el 16 de julio; en este día la
Iglesia celebra, además de la advocación del Carmen, el Triunfo de la Santa Cruz, fiesta
conmemorativa de la gran batalla de las Navas de Tolosa, ganada contra los infieles por
castellanos, aragoneses y navarros, en aquellos mismos sitios donde nosotros nos batíamos con
Francia, y en el mismo 16 del mes de julio. Habían pasado quinientos noventa y seis años. La
coincidencia del lugar y la fecha nos inflamaba más, y añadido a nuestro patriotismo una
profunda fe religiosa, nos creímos héroes, aunque hasta entonces no habíamos tenido ocasión de
probarlo.
Antes de cruzar el río, descansamos para llevar algo a la boca. ¡Oh, qué desengaño! Estábamos
muertos de hambre y cansancio, y se nos dijo que no había más que un tercio de ración. Pero
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