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Bailén

asadores, aquella con un berbiquí, estotra con una vara de apalear lana. Si llegan a subir, les
hacemos pedazos. Mi marido tomó aquella lanza vieja que tiene allí desde las tan famosas
campañas, y poniéndose delante de nosotras en la escalera, nos arengó y dispuso cómo nos
habíamos de colocar. ¡Ah, si llegan a subir esos perros! Yo era la más vieja de todas, y la más
valiente, aunque me esté mal el decirlo. Mi marido quería salir a la calle al frente de todas
nosotras; pero le convencimos de que esto era una locura. Con su carga de setenta a la espalda, él
hubiera partido de un lanzazo a cuantos mamelucos encontrara en la calle. ¡Ay, qué día! Cuando
nos retiramos cada una a nuestro cuarto, en toda la casa no se oía más que «¡Viva el Gran
Capitán!»
—¡Qué día!—exclamó melancólicamente Fernández, disimulando el legítimo orgullo que el
recuerdo de sus proezas le causaba—. A eso de las ocho de la mañana vi salir de la oficina al
capitán D. Luis Daoiz. El día anterior me había mandado por unas botas a la zapatería de la calle
del Lobo, y desde allí se las llevé a su casa de la calle de la Ternera, y cuando volví después de
hacer el mandado, viendo que había cumplido con la puntualidad y el esmero que son peculiares
en mí, me dió dos reales, que guardo en este pañuelo como memoria de hombre tan valiente.
Diciendo esto, trajo un pañuelo, y desdoblando una de las puntas despaciosamente, y como si se
tratara de la más venerable y santa reliquia, sacó una moneda de plata que puso ante la vista de
Santorcaz, sin permitirle que la tocara.
—Esto me dió—dijo, enjugando con el mismísimo sagrado pañuelo las lágrimas que de
improviso corrieron de sus ojos—; esto me dió con sus propias manos aquel que vivirá en la
memoria de los españoles mientras haya españoles en el mundo, Yo estaba barriendo la oficina
cuando entró D. Pedro Velarde buscándole, y le dije: «Mi capitán, hace un rato que salió con D.
Jacinto Ruiz.» Después, don Pedro entró y estuvo disputando con el coronel; al cabo de un
cuarto de hora volvió a pasar por delante de mi. ¡Quién me había de decir...!
El Gran Capitán no pudo continuar, porque la pena ahogaba su voz; D.ª Gregoria se llevó
también la punta del delantal a los ojos, y Santorcaz, más serio y grave que antes, respetaba el
dolor de sus dos amigos.
—Me han asegurado—dijo, después de una pausa—que ese D. Pedro Velarde iba a comer todos
los días en casa de Murat. ¿Es que simpatizaba con los franceses?
—No, no; y quien lo dijere miente—exclamó D. Santiago, dejando caer de plano sobre la mesa
sus dos pesadísimas manos—. Don Pedro Velarde pasaba por un oficial muy entendido en el
arma, y como fué de los que el Rey envió a Somosierra a recibir al melenudo, éste le trató, supo
conocer sus buenas dotes, y quiso atraérselo. ¡Bonito genio tenía D. Pedro Velarde para andarse
con mieles! Le convidaban a comer, obsequiábanle mucho; pero bien sabían todos que si nuestro
capitán pisaba las alfombras de aquel palacio, era «para conocer más de cerca a la canalla»,
como él mismo decía.
—Él y sus compañeros de Monteleón—dijo Santorcaz—demostraron un valor tanto más
admirable cuanto que es completamente inútil. Aquí están ciegos y locos. Creen que es posible
luchar ventajosamente contra las tropas más aguerridas del mundo, sin otros elementos que un
ejército escaso, mal instruído, y esas nubes de paisanos que quieren armarse en todos los
pueblos. La obstinación ridícula de esta gente hará que sean más dolorosos los sacrificios, y el
número de víctimas mucho más grande, sin que puedan vanagloriarse al morir de haber
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