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Bailén

—Eso, eso será—dijimos todos—. De ese modo les cogeremos entre dos fuegos, y no escapará
ni una patena de las que robaron en Córdoba.
—Pero si ése es el plan, ya debía estar puesto en ejecución. Si se están batiendo en Andújar, a
estas horas deberíamos estar nosotros cayendo sobre la retaguardia francesa; mientras que si nos
ponemos en marcha esta noche y llegamos mañana, sabe Dios....
Al anochecer se nos ordenó marchar río arriba, lo cual no comprendimos ni poco ni mucho hasta
que algunos compañeros, que eran del país y conocían el terreno, nos dijeron que íbamos
buscando el vado del Rincón para pasar al otro lado. Por la noche, algunas fuerzas de infantería y
dos piezas pasaron por junto a la barca, mientras el grueso del ejército con la caballería nos
disponíamos a hacerlo media legua más arriba. Antes de amanecer sentimos algunos tiros del
otro lado, y diósenos orden de hacer el menor ruido posible y de no encender lumbre. La noche
era calurosa; habíamos comido poco y mal el día anterior, y con esto y el no dormir no
estábamos del mejor humor; pero la guerra tiene mil contrariedades, y ojalá fueran todas como
aquélla. Entramos al fin en el río, cuyo frescor agradecieron mucho nuestros cuerpos, secos e
irritados por el calor y el polvo, y algún tiempo después, cuando comenzaban a iluminar el
horizonte los primeros vislumbres de la aurora, ya éramos dueños de la orilla derecha. El Mayor
General Abadía, que había dirigido el paso, nos mandó replegarnos a un sitio bajo, donde casi
toda la fuerza podía permanecer oculta, y allí aguardamos más de media hora. No se veían los
enemigos por ningún lado; pero allá lejos, hacia la barca, continuaba cada vez más vivo el tiroteo
de fusil.
El terreno es por allí bastante quebrado, abundando los matojos, y entre éstos designaron un
camino de trocha por donde avanzó la infantería, mientras a los de a caballo se nos mandó
caminar por terreno más alto. Habíamos tomado tan al pie de la letra la orden de no hacer ruido,
que avanzamos despacio y silenciosamente con el alma en suspenso, los ojos atentamente fijos
en el último término del terreno hacia la izquierda, punto donde se había trabado la acción.
Vimos al fin a los franceses tiroteándose con nuestros compañeros, con aquellos que habían
pasado la barca durante la noche, y luchaban en un campo bajo, salpicado de espesos matorrales.
En una loma, y como a dos tiros de fusil de aquel sitio, brillaba inmóvil e imponente una cosa
que desde el primer momento atrajo nuestras miradas, infundiéndonos algún recelo. Era un
escuadrón de coraceros, la mejor caballería del ejército de Dupont. Todos los jinetes
contemplamos el resplandor de las bruñidas corazas, en cuyos petos el sol naciente producía
plateados reflejos; y después de mirar aquello sin decir nada, nos miramos unos a otros, como si
nos contáramos. Ni una voz se oía en nuestras filas; a todos se nos había cambiado el color, y
temblábamos, aunque cada cual hiciera esfuerzos para disimularlo. El único rumor que turbaba
el profundo silencio de nuestro regimiento, donde hasta los caballos parecían contener el aliento
y explorar el campo con atónitos ojos, era un ligero y casi imperceptible son metálico producido
por las estrellas de las espuelas. Aquel temblor de piernas es un accidente que la caballería
observa siempre en el comienzo de toda batalla.
El combate, principiado en guerrillas, arreciaba desde que empezó la infantería a desplegar un
frente compacto de consideración. Pero casi toda la tropa española se mantenía en reserva,
esperando a saber fijamente si los franceses ocultaban una gran fuerza en la carretera de Bailén.
Mientras el frente español aumentaba sus tiros, resistiendo a las innumerables guerrillas
francesas que al abrigo de sus posiciones medio atrincheradas hacían fuego mortífero, la
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