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Bailén

escopeteros, que habían salido Dios sabe de dónde, eran capitaneados por el presbítero D.
Ramón de Argote. ¿No es verdad que hubiera estado mejor diciendo misa?
A caballo éramos tres mil, fuerza no muy grande si se considera que íbamos a operar en país
entrellano y contra jinetes muy aguerridos; pero, en cambio, nuestra artillería era de primer
orden. Teníamos veinticuatro piezas, servidas por el Real Cuerpo, con lo más florido de aquella
oficialidad a quien estaba reservado la mayor gloria de la guerra, desde el 2 de mayo hasta la
batalla de Vitoria.
Nosotros nos extendíamos por la izquierda del Guadalquivir, ocupando los pueblos de Porcuna y
Lopera; y alargando una de nuestras alas por el camino de Arjonilla, observábamos la orilla
derecha, mientras la otra ala se extendía hacia Higuera de Arjona buscando a Menjíbar. Ocupaba
el francés a Andújar con las fuerzas que primitivamente trajo a la tierra andaluza, y que habían
vencido en el puente de Alcolea y saqueado a Córdoba. La división de Vedel, fuerte de diez mil
hombres, hallábase en Bailén, y la pequeña división de Ligier-Belair, el mismo general que
vimos batirse con los vecinos de Valdepeñas en los primeros días de junio, estaba en Menjíbar
guardando el paso del río. Andújar, Bailén, Menjíbar. Del primero al segundo punto corría la
carretera general de Andalucía, desde Bailén a Menjíbar el camino que iba a Jaén, y desde
Menjíbar a Andújar el río. Conserven ustedes en la memoria la disposición de este triángulo para
comprender la importancia de los movimientos de ambos ejércitos.
Cualquiera que fuese el pensamiento de nuestros generales, lo cierto es que la primera división
recibió orden inmediata de ponerse en marcha, mientras Castaños con la tercera y la reserva se
dirigía hacia el puente de Marmolejo para pasarlo y atacar a Dupont en Andújar. Ya he dicho
que mandaba D. Teodoro Reding la primera división; lo que aún no ha sido escrito por la
Historia ni dicho por mí es que yo formaba parte de ella, porque toda la caballería voluntaria
había sido incorporada, mejor dicho, fundida en los batallones del ejército, que apenas contaban
con la mitad del contingente. A mi amo y a los que le seguían nos tocó formar en las filas del
regimiento de Farnesio, mientras que los lanceros de Sevilla fueron casi todos incorporados al
regimiento de España.
El día 13 nos separamos de nuestros compañeros y tomamos el camino, mejor dicho, las veredas
y trochas que conducen a Menjíbar. No llegábamos a seis mil; pero éramos buena gente, aunque
me esté mal el decirlo. El regimiento de guardias valones, los suizos, el de la Corona, el de
Irlanda, el de Jaén, los granaderos provinciales, los fusileros de Carmona, la caballería de
Farnesio y las seis bocas de fuego que mandaba D. Antonio de la Cruz, eran piezas respetables,
orgullosas de sí mismas. Teníamos por General a un hombre impetuoso, de más arrojo que
prudencia; mediano táctico, pero incansable en las marchas. Nuestro Jefe de Estado Mayor, D.
Francisco Javier Abadía, era un militar muy entendido, quizás de los mejores que entonces tenía
el ejército español, y el coronel puesto al frente de la artillería pasaba por un oficial de mucho
entendimiento en su arma. Nosotros le llamábamos el sainetero, por ser hijo de D. Ramón de la
Cruz.
Adelante, pues al llegar a Menjíbar, encontramos la población muy alborotada porque un
destacamento francés, enviado a Jaén en busca de víveres, después de saquear horriblemente esta
ciudad, había retrocedido a su cuartel general, asolando a su paso la comarca. De Jaén se
contaban atrocidades que apenas son creíbles en militares de un país europeo. Dijéronnos que
mujeres y niños habían sido inhumanamente degollados, y que igual muerte padecieron dentro
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