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Bailén

millones de agujas en dos semanas. En cierto estado que la Historia no ha creído digno de sus
páginas, pero que existe aún, aunque en el olvido, se consigna el número de piezas de vestuario
que hicieron gratuitamente las monjas y señoras de Sevilla. Dice así:
«Por las Comunidades y señoras de distinción se han hecho 3.335 camisas, 1.768 pantalones y
167 casacas de soldado; 1.001 camisas, 312 pantalones y 700 chalecos de sargento; 374 botines
de paño, 149 sacos de caballería, 16 mochilas y 1.684 escarapelas.» Las señoras de Alcolea, las
de Carmona, Lora del Río y otros pueblos figuran en la cuenta con cifras parecidas.
Esta diversidad de manos en la hechura de vestimenta indica que la voz uniforme, en lo tocante a
voluntarios, era una vana palabra. Al lado de las casacas blancas con solapa negra, carmesí o
azul, que vestían la mayor parte de los regimientos de línea; al lado de las levitas azules con
bandolera que vestían valones y suizos, veíamos los chaquetones de paño pardo con que se
cubría la gente colecticia. Entre los altos morriones de la artillería y las gorras de los granaderos,
llamaban la atención nuestros blancos sombreros portugueses, y las gorras de cuartel, y los
tocados de innumerables clases con que cubrían sus chollas los tiradores y voluntarios de los
pueblos. Como antes he dicho, aquel ejército hacía reír.
¿Y el dinero para la guerra? Causa risa ver cómo se da hoy de calabazas un ministro de Hacienda
para arbitrar, con destino a otra guerra, unos cuantos millones que nadie quiere darle si no
hipoteca hasta el último pingajo de la nación. Aprended, generaciones egoístas. Leed las listas de
donativos hechos por los gremios, por los comerciantes, por los nobles y hasta por los mendigos.
¡Aquel sí era llover de dinero, y reunirlo a montones, sin que ni un realito de vellón se escapase
por entre los agujeros del cesto administrativo! En la lista de donaciones hay una partida
conmovedora que dice así: «La Sra. Condesa viuda de Montelirios ha entregado su toaleta de
plata, manifestando el sentimiento de que sus medios no alcancen tanto como su voluntad.»
¿Habrá hoy quien dé su toaleta?...
XVI
Nuestra marcha por Cañete de las Torres en dirección al río Salado era un verdadero paseo
triunfal, mejor dicho, casi no parecía que marchábamos, porque la gente de los pueblos, incluso
mujeres, ancianos y chicuelos, nos seguían a un lado y otro del camino, improvisando fiestas y
bailes en todas las paradas. Cuando el ejército se detenía, eclipsábanse en apariencia todos los
males de la patria, porque la tropa, recobrando el buen humor, convertía el campamento en una
feria. Yo no sé de dónde salían tantas guitarras; no pude comprender de qué estaban hechos
aquellos cuerpos, tan incansables en el baile como en el ejercicio, ni de qué metal durísimo eran
las gargantas, para ser tan constantes en el gritar y cantar.
Como durante la primera semana del mes de julio no nos faltaron víveres abundantes, lo
pasábamos perfectamente; y como tampoco tropezamos con los franceses, establecidos, aunque
muy inquietos, al otro lado del río, a todos, especialmente a los inexpertos, nos parecía la guerra
una ocupación dulcísima. Sobre todo, el condesito de Rumblar no cabía en su pellejo de puro
 
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