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Bailén

ciudades y villas de Utrera, Jerez, Osuna, Carmona, Jaén, Montoro y Cabra enviaron cuerpos de
infantería y caballería de número irregular.
Esto aumentó el ejército; pero aún debía crecer un poco más aquél, que empezó enano y debía
ser gigante terrible, si no por su tamaño, por su fuerza. Los militares españoles que el Gobierno
de Madrid incorporaba a las divisiones de Moncey, de Vedel o de Lefebvre iban huyendo de sus
traidoras filas en cuanto se les presentaba ocasión para ello, de tal modo, que al verificar sus
marchas aquellos ejércitos por parajes montuosos o quebrados, veían que los españoles se les
escapaban por entre los dedos, como suele decirse. Los desertores acudían a engrosar las tropas
del ejército de Blake, del de Cuesta o del de Castaños; y a Carmona y a Córdoba llegaron
muchos, escapados de las filas de Moncey, así como casi todos los que hacían la campaña de
Portugal con Junot. Aquellos oficiales y soldados, al romper la disciplina literal que los sujetaba
a la Francia invasora para acudir al llamamiento de la disciplina moral de su patria oprimida,
hacían el viaje disfrazados, traspasaban a pie las altas montañas y los ardientes llanos, hasta
encontrar un núcleo de fuerza española. Daba lástima verles llegar rotos, descalzos y
hambrientos, aunque su gozo por hallarse al fin en tierra no invadida les hacía olvidar todas las
penas. Con estos desertores, entre quienes había guardias de Corps, valones, ingenieros y
artilleros, aumentó un poco nuestro ejército.
Pero aún creció algo más. La Junta de Sevilla había indultado el 15 de mayo a todos los
contrabandistas y a los penados que no lo fueran por los delitos de homicidio, alevosía o lesa
majestad humana o divina, y esto trajo una partida, que si no era la mejor tropa del mundo por
sus costumbres, en cambio no temía combatir, y fuertemente disciplinada, dió al ejército
excelentes soldados. Ibros, lugar célebre en los fastos del contrabando; Jandulilla, Campillo de
Arenas, y otras localidades, entregadas más tarde al sable de la Guardia civil y de los
Carabineros, enviaron respetables escuadrones, con la particularidad de que por venir armados
hasta los dientes, y ser todos unos caballeros de muy buen temple, que sabían dónde echaban la
boca del trabuco, se les reputó como auxiliares muy eficaces del ejército. Cuerpos reglamentados
españoles, con algunos suizos y valones; regimientos de línea, que eran la flor de la tropa
española; regimientos provinciales, que ignoraban la guerra, pero que se disponían a aprenderla;
honrados paisanos, en su mayor parte muy duchos en el arte de la caza, y por lo general tiraban
admirablemente; y, por último, contrabandistas, granujas, vagabundos de la sierra, chulillos de
Córdoba, holgazanes convertidos en guerreros al calor de aquel fuego patriótico que inflamaba el
país; perdidos y merodeadores, que ponían al servicio de la causa nacional sus malas artes; lo
bueno y lo malo, lo noble y lo innoble que el país tenía, desde su general más hábil hasta el
último pelaire del Potro de Córdoba, paisano y colega de los que mantearon a Sancho: tales eran
los elementos del ejército andaluz.
Se formó de lo que existía: entraron a componer aquel gran amasijo la flor y la escoria de la
nación; nada quedó escondido, porque la fermentación lo sacó todo a la superficie, y el cráter de
nuestra venganza esputaba lo mismo el puro fuego que las pestilentes lavas. Removido el seno
de la patria, echó fuera cuanto habían engendrado en él los gloriosos y los degenerados siglos, y
no alcanzando a defenderse con un solo brazo, trabajó con el derecho y el izquierdo, blandiendo
con aquél la espada histórica y con éste la navaja.
En cuanto a uniformes y trajes, habíalos de todas las formas conocidas. Es prodigioso cómo se
equipó aquel ejército de paisanos en diez y seis días. La Administración actual, con todos sus
recursos, es un sastre de portal comparada con aquel confeccionador que puso en movimiento
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