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Bailén

—Yo haré lo que deba, Inesilla. Sal de este convento, ve con esas señoras y espérame tranquila,
con la segundad de que iré a buscarte. Si para entonces no has variado..., si te encuentro la
misma....
Contestóme al instante pasando su dedo índice por uno de los huecos de la reja. Yo se lo besé, se
lo mordí tan sin pensarlo, que ella no pudo contener un ligero grito, a punto que la Madre
Transverberación regresaba con el chocolate y los bollos.
—¿Qué es eso, niña?—preguntó la vieja, asombrada de oírla chillar.
—Nada, Madre Transverberación. Esta reja tiene unos picos.... Al mover la mano me lastimé un
dedo—dijo Inés, chupándose la coyuntura del dedo índice y sacudiéndolo después para fingir el
dolor del supuesto rasguño.
—Aquí están el chocolate y los bollos—añadió la monja—. Vaya, ya es tiempo de que se
marche ese mocito, porque obscurece y no es ésta hora de tener abierto el locutorio.
—Rabiando estoy por marcharme—repliqué—. Vengan acá esos bollos y ese chocolate, que la
Sra. Marquesa estará con el alma en un hilo aguardando tan buenas cosas. ¿Y qué le digo a su
merced en contestación al recado que tuve el honor de traer?
—Que está muy bien—contestó Inés, apretando su cara contra la reja.—Que haré lo que me
mandan, y que cuando quieran venir por mí, estoy dispuesta a salir del convento.
—¿Cómo es eso, niña?—gruñó alarmada la monja—. ¡Que quiere usted salir! ¡Qué pensará su
futuro Esposo Jesucristo si llega a sus oídos lo que usted ha dicho! Y tiene que saberlo
forzosamente, porque Él está en todas partes y todo lo oye. Nada, nada—añadió, arrimando su
hocico a la verja—. Rapaz, a la Sra. Marquesa dirá usted que la niña persiste en su ejemplar
vocación, y que si quieren verla enfadada y bufando de rabia, que le hablen del siglo y sus
tentaciones.
Inés prorrumpió en una carcajada tan natural, tan graciosa, tan fresca, tan jovial, que hasta las
paredes del convento parecían regocijarse con tan alegre música.
—¿Qué risas tan mundanas son ésas?—dijo la Madre Transverberación—. Es la primera vez que
se ríe usted de ese modo en esta casa. ¿Qué pasa para tanta alegría?... Adentro, niña, adentro;
daremos parte de este inaudito desenfado a la Madre Abadesa.
Cerróse el locutorio y salí a la calle. Sentíame con nueva vida, con centuplicadas fuerzas en mi
espíritu y en mi cuerpo; sentíame capaz de todo, de la abnegación, de la lucha, hasta del
heroísmo, porque la presencia y las palabras de Inés habían abierto desconocidos horizontes,
inmensos espacios delante de mí.
XV
 
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