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Bailén

—Sí, muy decidida. No tenía yo más consuelo que la idea de encerrarme aquí para siempre.
Cuando me trajeron a Córdoba..., ¡qué días y qué viaje!, yo no sabía lo que era de mí. Me
encerraron en este convento..., luego vinieron esas señoras a decirme que era su sobrina..., me
besaron..., lloraron mucho las dos...; luego dijeron que me iban a casar, y cuando les contesté:
«Pues ya que me han puesto aquí, aquí he de quedarme toda la vida», ambas se afligieron
mucho.... Me visitan con frecuencia, acompañadas de un señor de edad, que me hace mil caricias
y asegura quererme mucho; pero nunca he cedido a sus ruegos para salir.
—¿Y ahora?
—Las paredes del convento se me caen encima, y anhelo salir.
—¡Pero te van a casar!—exclamé indignado—. Te quieren casar, y no se hunde el mundo.
Entonces se rió, creo que por primera vez desde mucho tiempo, y aquella espontánea alegría me
pareció expresión de una renaciente vida. Inés salía del seno del claustro como yo del montón de
muertos de la Moncloa, y al contestar con una sonrisa a mis amorosas quejas, sacaba del
sepulcro de la Orden el pie que tan impremeditadamente había metido dentro. Viéndola reír,
reíme yo también, y al punto, olvidando la situación, nos hablamos con la confianza de aquellos
tiempos en que de nuestras penas hacíamos una sola.
—¡Ay, chiquilla! Ahora que eres archiduquesa y archipámpana, ¿no tienes vergüenza de
quererme?
—¿Pero qué quieren hacer de mí?—preguntó, poniéndose triste otra vez.
—Mira, princesa, haz lo que te mandan esas señoras: obedécelas en todo. Ya habrás conocido el
parentesco que tienes con ellas. Dios te ha puesto en sus manos; acepta lo que Dios te da, y Él
arreglará lo demás.
—Saldré del convento—afirmó ella—. ¡Ay! No se asustarán poco las Madres cuando me lo
oigan decir. Pero ya Dios no quiere que yo sea monja.
—No lo serás, no; y cuando yo vuelva de la guerra....
—¿Pero vas tú a la guerra? Chiquillo, ¿quién te ha metido a ti en guerras?
—¿Pues qué he de hacer? ¿Quieres que toda la vida sea criado? Escucha, Inés, lo que me pasó
hace días en casa de la Sra. Condesa. Fuí a visitarla, y habiendo cometido la indiscreción de
decirle que te quería, se enfureció de tal modo, que me hizo poner en la puerta de la calle.
Inés cruzó las manos, dejándolas caer luego con desaliento sobre su falda, mientras elevaba sus
ojos al cielo, sin decir nada.
—¡No soy más que un criado, Inés!—exclamé, agarrándome con fuerza a la reja y sacudiéndola,
como si quisiera hacerla pedazos—; no soy más que un miserable chico de las calles, indigno de
ser mirado por personas de tu categoría. Después que nos separamos, mira qué distantes estamos
uno de otro. Pero no creas que lo siento; me gusta verte donde estar debes.
—¿Y tú?—me preguntó con perplejidad.
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