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Bailén

—Gabriel—me dijo con voz temblorosa y sin dejar de mirar hacia el sitio del tumulto—, vas a
hacerme un favor.... ¡Los franceses! ¡Están ahí los franceses! Sí..., yo he visto pasar por esas
calles las gorras de pelo de a dos varas de alto.... Bien lo decía yo.... ¡Mi sobrinita y mi hermana
tienen unas cosas...! A ellas solas se les ocurre mandarme con esta comisión, sin reparar que la
pierna gotosa no me deja correr. Pero no doy un paso más..., me retiro a casa...; tú te encargarás
de llevarlas flores, la carta y el recado.... ¿No oíste un tiro? Me parece que vienen por ese lado.
¡Jesús, esto es atroz! Si viene una bala perdida.... Adiós, me voy; toma, chiquillo, encárgate tú de
esto. Es muy fácil. Ahí está el convento. Mira, en aquel callejón está la puerta del torno. Entras,
preguntas por la Srta. Inés, la novicia..., pues. Dices que vas de parte de la Sra. Marquesa de
Leiva. ¿Lo olvidarás?... ¡Dios mío! ¡Esas mujeres que pasan corriendo!... Sin duda los muy
tunantes intentan deshonrarlas. Me voy.... Toma, entra tú en el locutorio. ¡Para qué vendría yo a
estos malditos barrios! Toma el ramo de flores contrahechas..., toma la carta, que darás a la Srta.
Inés...; le dices que la Sra. Marquesa está enojada con ella, y que es preciso que a salir del
convento se decida. Insiste mucho en esto, ¿eh?; dile que nos vamos para Madrid, y que en la
Corte del nuevo rey José I.... ¡Demonio, eso que ha sonado es un tiro de obús!... Me parece que
ha caído una granada en el techo de esa casa.
—¿Una granada? Lo menos cincuenta van disparadas ya—dije yo, atizando el fuego de su miedo
para que se marchara pronto y me dejase tan sublime comisión.
—Conque, chiquillo—continuó, temblando como un azogado—, ¿lo harás bien? Si te dan
contestación la llevas a casa. Ve pronto. Yo me escaparé corriendo por esta calle donde no se
siente ruido...; adiós.
Desapareció el diplomático, llevado por su miedo, y al punto entré en la portería del convento
con febril alegría, y di fuertes porrazos en el torno. Una voz regañona me contestó.
Deo gratias—dije—. Vengo de parte de mi ama, la Sra. Marquesa de Leiva, a traer un recado
a la Srta. Inés.
La portera me dijo que esperara en el locutorio, y al poco rato de estar allí corrióse la cortina de
éste y vi dos monjas. No sé cómo pude mantenerme en pie. Una de ellas era Inés.
No me cabía duda, era ella misma: en su semblante, adelgazado y pálido, habían impreso
terribles huellas los sesenta días de incesantes pesares transcurridos desde el 2 de mayo; pero la
reconocí, a pesar de la escasísima luz del locutorio, y la hubiera reconocido en la obscuridad de
las entrañas de la tierra. Parecióme que al verme cerró los ojos, y que asíó las rejas con sus dos
manos para sostenerse. Cuando me dirigió la primera pregunta, temblaba su voz de tal modo,
que era imposible entender sus palabras. Sin poder decir una sola, incapaz de discurso y de
movimiento, permanecí yo breve rato con la cara apoyada en la reja.
La monja que la acompañaba me obligó por fin a romper el silencio.
—La Sra. Marquesa me ha dado este ramo de flores y esta carta—dije, introduciendo ambas
cosas para que las tomara Inés.
—¡Ah, el ramo para el Santo Niño de la Enfermería!—dijo la monja vieja—. La señora Condesa
no se olvida de nosotras.
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