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Bailén

El día iba descendiendo, y la iglesia se obscurecía por grados; pero una de las Madres, tirando de
unas cuerdas, descorrió la cortina negra de la alta ventana del coro, y entonces entró la luz
crepuscular, dando a todo su verdadera forma. Retiráronse algunas monjas; yo sentí el tenue
chocar de las medallas de sus rosarios cuando levantaban la rodilla, y luego besos. Era fácil
contar el número de las que salían por el número de los suaves estallidos que resonaban en aquel
espacio, porque todas al salir besaban los pies de un Cristo colgado junto a la puerta. A esto
atendía yo, cuando de las figuras que aún quedaban de rodillas en el centro del coro se levantó
una, dirigiéndose a la reja y al mismo lugar en que yo estaba. Mi impresión al verla, al ver su
cara, al ver sus ojos que me miraban, fué tan viva, tan aterradora, que hube de quedar
petrificado, la sangre helada, la vida en suspenso, hecho una estatua de plomo. Lo que estaba
viendo, ¿qué era? ¿Era una aberración, un delirio, una imagen del sueño, un juguete fantástico,
obra de los ángeles traviesos para burlarse de los que con sus mundanas tristezas van a profanar
la casa de Dios? La miré fijamente, atónito ante aquel enigma, ante aquel misterio; pero la visión
no duró más que algunos segundos, porque la monja, llamada por otra, se apartó de la reja, y
salió rápidamente del coro sin besar el pie del Santo Cristo.
Al hallarme solo, reuní todos, absolutamente todos los rayos de mi razón, y juntándolos, los
dirigí a la confusa y negra obscuridad de aquel fenómeno. Quise desvanecer el celaje que
envolvía mi inteligencia haciéndome estúpido, y me pregunté si lo que acababa de presenciar era
reproducción de aquella burla de mis sentidos que poco antes me había hecho ver una mano en
un pedazo de papel y oír mi nombre en el chirrido de una puerta. Me di golpes en la cabeza;
busqué un sitio más solitario, donde, serenándome, pudiera poner en claro cuestión tan ardua, y
sin saber cómo, di conmigo en el fondo de una capilla. En un cuadro que se ofreció de improviso
a mis ojos vi una falange de ángeles, mil encantadoras criaturas de esas que sin más naturaleza
corporal que una cabeza y dos alas, han creado los artistas para regocijar los asuntos de la
pintura mística. Atrajeron mi atención aquellos seres juguetones y enredadores: todos se reían
con infantiles carcajadas, y entremezclándose volaban, rasgando nubes, esparciendo flores con el
batir de sus alas de pollo, y dándose de coscorrones al chocar unas con otras las rubias cabecitas.
Por momentos me parecía que avanzaba sobre mí la bandada de rostros voladores, y luego
retrocedían haciendo con alegre algazara movimientos de miedo, para esconderse después tras
una nube, y hacerme desde allí guiños con sus ojuelos, y encantadoras muecas con sus bocas.
A tal situación habían llegado mis sentidos, cuando el sacristán, agitando un grueso manojo de
llaves con cencerril estruendo, me hizo salir de la iglesia, pues yo era la única persona que en
ella quedaba. Salí; la luz de la calle pareció devolverme el sentido común, que, según mi propia
opinión, había perdido. El tumulto de que poco antes hablé, continuaba más reciamente, y
algunas personas atravesaron a toda prisa la plazuela. Entre éstas vi un hombre, un caballero que
azorado y con miedo corría, volviendo la vista atrás, deteniéndose a cada dos pasos, y vacilando
luego sobre qué dirección tomaría. Fijóse en mi, y al punto, llamándome por mi nombre, se me
acercó con muestras de alegría por haberme encontrado. Era el diplomático.
XIV
 
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