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Bailén

españoles ha puesto en las antiguas calles. La Virgen tenía una corona de hierro, en cuyos picos
debió de haberse enredado una cometa de algún chico de la vecindad, pues un jirón de papel,
todavía suspendido junto al cuerpo de la sagrada estatua, a impulsos del viento se movía. El
papelejo fué lo que a mí me pareció un brazo que se movía y una mano que me llamaba. Tal
alucinación en pleno día era señal de mi estupidez, por lo cual, burlándome de mí propio, seguí
mi camino.
Pasando bajo la imagen, contemplaba el jirón de la cometa, cuando me detuve de nuevo, porque
un objeto rozó mi cara, produciéndome escalofrío. El jirón de papel se había desprendido de la
imagen, cayendo sobre mi. ¡Vean ustedes lo que es el estado del ánimo! Aquel hecho
insignificante, tan insignificante como el aplastar un grano de arena con nuestro pie, me hizo
detener el paso, me hizo temblar, me hizo mirar a todos lados, puso en mis labios esta pregunta,
que me dirigí lleno de confusión: «Pero, Gabriel, ¿te has vuelto bobo, o lo has sido toda tu
vida?»
Seguí andando hacia la acera de enfrente, cuando de nuevo me detuve, me quedé helado,
absorto, estupefacto, porque detrás de mi había sonado claramente mi nombre. ¿Quién me
llamaba? Volvime y nada vi. La plazuela estaba enteramente desierta y muda: sólo a lo lejos se
oían apenas algunas voces del altercado, que de ningún modo podían confundirse con la que a mi
espalda había dicho «Gabriel.»
Al volverme, mis ojos se fijaron en una puerta: era la puerta de una iglesia. Abiertas de par en
par las hojas de madera chapeada, se veía el cancel de mugriento cuero, con dos puertecillas
laterales. Una vieja, al salir, puso en movimiento las mohosas bisagras, y al ruido de la
herrumbre, un sonido lastimero llegó a mis oídos, modulando aquella voz que a mí me había
parecido mi nombre. Esta vez no me reí, sino que entré decididamente en la iglesia. Vi muchos
santos pintados o de escultura, y, ¡cosa singular!, parecióme que todas las imágenes sonreían
apaciblemente. La iglesia era modesta, blanca, obscura. En los lustrosos bancos se sentaban
algunas señoras de edad. Las luces del altar, al reflejarse en los oropeles de un luengo cortinón
rojo que servía de dosel a la Virgen, brillaban estrellas tembladoras de aquella dulce obscuridad,
indicando adónde debían dirigirse los piadosos ojos. Al poco rato de estar allí, parecióme aquel
interior menos obscuro y comencé a ver distintamente todos los objetos. En el fondo de la
iglesia, frente al altar, había una gran reja que se alzaba desde el suelo al techo; tras esta reja
percibíanse vagas claridades movibles y un murmullo sordo, de cuyo conjunto se destacaba de
rato en rato una tos o una sílaba que repetían los ecos de la bóveda. Acercándome a la reja, pude
fácilmente distinguir tras ella bultos blancos y negros, entre los cuales algunos desfilaron
pausadamente y sin ruido hacia una puerta que se abría en el ángulo del fondo, y otros
permanecían inmóviles y de rodillas. Eran las monjas.
Contemplando la tranquilidad de aquellas santas mujeres, su apacible recogimiento, la vaguedad
aparente de sus formas corpóreas, aquel silencio de sus pasos que les asemejaba a simples
creaciones de la luz en el fondo de la cámara obscura; contemplando aquella calma de sus rezos,
que nadie oía, sentí envidia de los que sumergen su vida en la dulce sombra de un claustro. Yo
no apartaba mis ojos del coro, observando indiscretamente los movimientos de las buenas
Madres, y mientras mayor era mi atención, con más claridad se me iban presentando los distintos
objetos de aquel recinto, y vi poco a poco los sillones, el facistol, el órgano, los cuadros. Tan
lentamente salían de la obscuridad los perfiles de estos objetos, que mi propia imaginación podía
creerse autora de aquel espectáculo.
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