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Bailén

Principió el chaparrón de comentarios sobre la lentitud con que Castaños organizaba sus tropas:
unos aseguraban que tenía miedo; otros, que estaba decidido a dar la batalla, pero que, seguro de
perderla, tenía tomadas sus medidas para retirarse a Cádiz y huir a las Américas con lo más
granado de sus tropas; otros en fin, se atrevieron a más, y pronunciaron la palabra traidor. Esta
palabra no era entonces palabra, era un puñal: víctimas de ella fueron Solano en Cádiz, Perales
en Madrid, Filangieri en Galicia, Cevallos en Valladolid, Ordóñez en Palencia, El conde del
Águila en Sevilla, Trujillo en Granada, Torre del Fresno en Badajoz, el barón de Albalat en
Valencia. Inútil era decir a los impacientes de Córdoba que un ejército no se instruye, arma y
equipa en cuatro días: nada de esto entendían. Aunque al través del tiempo nos parezca lo
contrario, entonces se chillaba mucho, y también había quien tomara muy a pechos los asuntos
de la guerra sólo por el simple placer de meter ruido, y también por hacerse de notar. Todos los
días oíamos decir: «Mañana viene el ejército», o «Ya ha salido de Utrera, ya está en
Carmona....» Pero pasaban los días y el ejército no venía.
En tanto, en Córdoba no cesaban los trabajos. Si no tienen ustedes idea de lo que es el delirio la
guerra, entérense de aquello. En los tiempos actuales, si hay guerra, las señoras, llevadas de sus
humanitarios sentimientos, se ocupan en hacer hilas. ¡Ay!, entonces las señoras tenían alma para
ocuparse en fundir cañones. ¡Cuando tal era el espíritu de las mujeres, cómo estarían los
hombres! ¡Hilas! Allí nadie pensaba en tales morondangas.
Los voluntarios y cuerpos francos se uniformaban según el gusto indumentario de cada uno, y
aquí de la imaginación de las hembras de la familia para galonar marselleses, para emplumar
sombreros y guarnecer charpas y polainas. Se hicieron muchos uniformes; pero no bastaban para
equipar los dos regimientos, uno de caballería y otro de infantería, que organizó la Junta de
Córdoba. Sin embargo, este inconveniente se obvió disponiendo que con cada prenda de vestir se
cubriesen dos: el uno llevaba los calzones, casaca y sombrero, y el otro el pantalón, chaqueta y
gorra de cuartel. El correaje también servía para dos: uno llevaba la bayoneta en la cartuchera y
el otro en el porta-bayoneta, y no alcanzando las cartucheras y cananas, se suplían con saquillos
de lienzo. Más adelante, cuando tenga el gusto de describiros en su conjunto el ejército de
Andalucía, daré completa idea de su abigarrada conformación y aspecto. Francamente, señores,
era aquél un ejército que causaba risa.
Durante los días que aguardamos la llegada de Castaños para incorporarnos a él (y
necesariamente tengo que volver a hablar de mí), yo hacía una vida vagabunda y holgazana.
Como el servicio del joven D. Diego no exigía más que presentarme en la posada a la hora de
comer, pasaba el día y parte de la noche discurriendo por aquellas tortuosas calles, que convidan
al transeúnte a perderse en ellas, entregándose al azar, a lo aventurero, a lo desconocido, sin
saber adónde se va ni de dónde se viene. Por ser la soledad mi mayor gusto, rechazaba la
compañía de mis camaradas, buscando errante y solo aquellos lugares donde más pronto me
perdía.
El único sitio adonde iba deliberadamente todos los días era la casa de Amaranta, y pasaba largas
horas contemplando su puerta, fijos los ojos en las desnudas paredes, como si quisiese leer en
ellas alguna mal escrita página de mi destino. Sus cerradas ventanas, sus espesas celosías, no
daban paso a ninguna esperanza. Sin embargo, aquella fachada era tan elocuente, que no podía
dejar de mirarla. Al apartarme de allí, el viejo muro con su puerta, sus ventanas, sus aleros y sus
miradores, quedaba tan presente en mi imaginación como si fuese una fisonomía. ¡Cara funesta,
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