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Bailén

—Sí, señora, mucho. Me desgarraba el corazón—contesté sin cuidarme de disimular los
sentimientos de mi alma.
—Era natural que te interesaras por la desgracia.
—Es que yo había conocido a Inés antes de que a tal casa fuera. Habíala conocido cuando estaba
con su tío, el buen D. Celestino del Malvar. Nos conocíamos los dos, señora, y como ella era tan
buena, y yo también..., porque yo era muy bueno.... En fin, señora, yo no puedo ocultar a Usía la
verdad.
—Dímela de una vez.
Dejándome llevar de la impetuosa pena que pugnaba por desbordarse en mi afligido pecho, y
olvidando toda la consideración, todo tacto, toda prudencia, con el acento de la verdad y de un
dolor inmenso, dije lo siguiente, sin reflexión ni cálculo alguno:
—Señora, Inés y yo éramos novios.... Yo la quiero, yo la adoro...; ella también....
Levantóse Amaranta rápidamente, y en su semblante observé señales de repentina cólera.
Mandándome callar, después de decirme que era un desvergonzado y un truhán, agitó con
inquieta mano una campanilla.
¡Altos cielos, por qué no os hundisteis sobre mí! Entró un criado, y Amaranta le mandó que me
pusiera al instante en la puerta de la calle.
XIII
El criado, cumplidor de la ignominiosa orden, era un segundo mayordomo llamado Román, que
desde su niñez servía en la casa. Desde que le conocí en El Escorial, aquel hombre me había
inspirado inexplicable antipatía, y digo esto y además le nombro, para que mis lectores le tengan
presente, por si figurase después un poco en los peregrinos sucesos de esta historia.
¿Será preciso que hable de mis tormentos morales en los días siguientes a aquel suceso? ¡Dios
mío! Aburriré a mis lectores, abusando de la gentil cortesía que les movió a fijar sus ojos en
estas relaciones. No: más vale que devore en silencio mis penas y les hable de otros asuntos, que
así alcanzaré la doble ventaja de proporcionarles útil entretenimiento, y de calmar mis pesares,
adormeciéndoles con el beleño de patriótico entusiasmo.
En Córdoba reinaba gran impaciencia por la tardanza del ejército de Castaños. Entonces, como
ahora y como siempre, los profanos en el arte de la guerra arreglaban fácilmente las cuestiones
más arduas, charlando en cafés y en tertulias, y para ellos era muy fácil, como lo es hoy,
organizar ejércitos, ganar batallas, sitiar plazas y coger prisionero a medio mundo. A los
profanos se unían los bullangueros y voceadores, que entonces, ¡Santo Dios!, pululaban tanto
como en nuestros felices días, y entre aquéllos y éstos y el torpe vulgo armaban tal algazara, que
no sé cómo las Juntas y los Generales podían resistirla.
 
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