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Bailén

—¡Tres partidos! Ya lo sabía.
—¡Y yo también!... Pero corro a comunicar esta nueva a nuestros amigos—dijo el Marqués,
levantándose.
—Aguarda—le insinuó su hermana—. No olvides que esta tarde tienes que pasar por allí.
—¡Otra vez! Si no hay quien la haga salir. Le he prometido, le he rogado, le he amenazado, le he
dicho mil finezas y ternuras, y nada, no quiere salir. ¿Por qué no vais vosotras?
—Sí, esta tarde iremos—afirmó detenidamente la Marquesa—. Es preciso que salga, porque sin
ella no podemos volver a Madrid.
—¡Oh!, picarón..., ya sabemos el secreto—dijo Malespina, dirigiéndose con maliciosa expresión
al Marqués—. Ayer me hablaron del caso en varias tertulias.... Ya sabía yo que había usted sido
un terrible seductor.... ¿Pero ahora salimos con eso?
—Amigo, es preciso reparar de algún modo los extravíos de una borrascosa juventud. Ya sabe
usted que hasta hace quince años me llamaban el azote de las familias. Pero ya pasaron aquellos
tiempos, y ahora....
—¿De modo que no vas esta tarde?
—Francamente—dijo el Marqués—, en estos días me gusta salir a la calle lo menos posible.
Suele haber tumultos..., ¡la gente anda tan excitada!... ¡Qué susto me llevé la otra tarde en el
barrio de San Lorenzo!..., y como a causa de la gota no puedo correr....
—Y como en la calle no se encuentran camas para esconderse debajo de ellas.... Vamos, vamos,
Marqués, y leeremos a los amigos estas estupendas novedades.
Salieron la Artillería y la Diplomacia, y como la Marquesa había salido de la habitación un
momento antes, quedamos solos otra vez Amaranta y yo.
—Sigue contando—me dijo—. Y ese señor tendero con quien servías, ¿ha venido contigo a
Córdoba?
—No, señora: yo no he vuelto más a su casa. Salí de Madrid acompañando al Sr. de Santorcaz.
—¡Santorcaz!—exclamó la dama, poniéndose encarnada y después pálida como una difunta.
¿Quién? ¿Quién has dicho?
—Don Luis de Santorcaz, señora; un caballero castellano que ha venido ahora de Francia.
Amaranta parecía sentir una emoción profunda. Para disimularse levantó fingiendo buscar algo,
dió media vuelta, sentóse de nuevo, después se puso la mano sobre los ojos, y finalmente,
rompió una flor de trapo que tenía entre sus manos.
—¿Qué estabas diciendo, que no te oí...?
Que el Sr. de Santorcaz....
—Deja a ese hombre..., no hables de lo que no me interesa. ¿Conque antes decías que los
tenderos de la calle de la Sal martirizaban a la chiquilla...?
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