Not a member?     Existing members login below:
Holidays Offer
 

Bailén

en sus interiores, donde guarda innumerables maravillas, y siempre asustada al paso del
transeúnte; protectora de los enamorados, para quienes ha hecho sus mil rejas y ha obscurecido
sus calles; devota y coqueta a la vez, porque cubre con sus joyas las imágenes sagradas, y se
engalana y perfuma aún con los jazmines de sus patios.... Tal era la ciudad que había estado
entregada por tres días a la brutal codicia de los soldados de Dupont. Este desgraciado caudillo,
que desde entonces comenzó a sentir la indecisión y el aturdimiento que le acompañaron hasta
capitular, temeroso de ser sorprendido allí por las tropas de Castaños, se retiró el 16 de junio,
dirigiéndose a Andújar, desde donde pidió refuerzos a Madrid.
El 18 entramos nosotros en la ciudad saqueada, aún llena de mortal espanto. Aún no había sido
lavada la sangre que manchaba sus calles, ni sabían exactamente los cordobeses a ciencia cierta
el dinero y cantidad de alhajas que les habían robado. Antes que en contar lo que les quedaba
pensaron en armarse, y si antes habían ido a la lucha los campesinos, siguiendo a los regimientos
provinciales y las milicias urbanas, después del saqueo todas las clases de la sociedad se
apercibieron para lo que más que la guerra era un ciego plan de exterminio, pues no se decía
vamos a la guerra, sino a matar franceses.
Desde que entré en la desgraciada ciudad, a la emoción producida por el espectáculo del reciente
desastre se agregaba la que yo sentía por asuntos de mi propia cuenta, y por la supuesta
proximidad a quien era el faro de mi vida. Así es que luego que el Conde y los de la comitiva
nos arreglamos en una de las mejores posadas, salí con objeto de buscar la casa de la Sra.
Amaranta y de su tía, lo cual érame sumamente fácil, por haber visto los sobrescritos de las
cartas que traíamos para aquellas personas. Las doce serían cuando llegué a la calle de la
Espartería, donde era la residencia de la tía de Amaranta. En lo sucesivo, y para evitar
confusiones, ya que no puedo nombrarla con su verdadero nombre, usaré el título convencional
de marquesa de Leiva.
Cuando di los primeros aldabonazos en la puerta, parecíame que golpeaba en mi propio corazón.
¿Estaría allí Inés? ¿Estaría allí, ya olvidada de que antes existiera en el mundo un chico llamado
Gabriel, arcabuceado por los franceses? Y si estaba y de improviso me veía, ¿no era posible que
se me presentara deslumbrada por los esplendores de su nueva posición, y que a la palidez de la
primera sorpresa sucediera en su rostro el rubor de haberme amado? ¿Se acercaba el momento de
que yo cayese de la inconmensurable altura de mi fatuidad amorosa, encontrando una sonrisa de
desdén y la mano de un criado que me pusiera en la calle? ¿Por ventura el trance que me
esperaba era hermano gemelo de aquella otra gran caída ocurrida en El Escorial, cuando por el
favor de Amaranta soñaba con los primeros puestos de la nación? ¿Bajaría mi alma desde
príncipe a lacayo, como poco antes bajó mi ambición?
Abrióme la puerta un criado conocido, a quien rogué me llevase a presencia de mi antigua ama
la Sra. Condesa. Mientras atravesábamos el patio, buscaba afanosamente algún objeto que me
indicase la proximidad de Inés. Como olfatea el perro el rastro de su amo, así aspiraba yo las
emanaciones de la casa buscando el aire que había sido aliento de aquella naturaleza querida. No
oí su voz, ni sentí sus pasos, ni ví cosa alguna que tuviera las huellas de su mano. A mí se me
antojaba que en cualquier objeto podía notar un sello especial que indicara pertenecerle. Pero en
nada de lo que vieron mis ojos encontré la huella indefinible que debía tener todo aquello en que
Inés pusiera los suyos. Esto se comprende y no se explica. El corazón es el único adivino, y el
mío me dijo que Inés no estaba allí.
Remove