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Bailén

quedé frío de sorpresa y casi diré de terror: leí los nombres de Amaranta, de la Marquesa su tía y
del señor diplomático.
Santorcaz, que aún no había recibido lo que aguardaba, se quedó, prometiendo juntarse con
nosotros al día siguiente o a los dos días. Yo lo vi muy pensativo y tétrico, las manos a la
espalda, paseando por el portal de la casa cuando salíamos de ella. Hasta fuera de la villa fué en
nuestra compañía D. Paco, el cual recordaba a su discípulo las máximas de Alejandro sobre la
guerra, recomendándole una y otra vez que las pusiera en práctica al pelear contra los franceses,
y que cuidase de sostener siempre el orden oblicuo, disponiendo una segunda línea para asegurar
las espaldas y los flancos, «porque a esto—decía—debió el gran Macedonio que siempre
quedaran victoriosas sus difalangarquías y tetrafalangarquías».
Con tan sabía máxima, que el heredero de Rumblar juró cumplir al pie de la letra, despidióse D.
Paco, y seguimos nuestra marcha muy contentos. No tomamos el camino real desde Bailén a
Córdoba por no tropezar con la retaguardia del general Dupont, o con los muchos destacamentos
que había dejado en todos los pueblos, y en vez de las diez y ocho leguas y media de que consta
aquella vía, tuvimos que andar unas veinticuatro, pues en nuestro rodeo fuimos a Menjíbar;
desde allí, por Torre Jimeno, siguiendo un detestable camino de herradura, pasamos a Martos, y
de Martos, por Alcaudete y Baena, fuimos a buscar en Castro del Río la margen derecha del
Guadajoz, que nos condujo a las inmediaciones da Córdoba.
Al salir de Bailén supimos la derrota de los paisanos y soldados de regimientos provinciales en
el puente de Alcolea, y en Alcaudete nos dieron otra terrible noticia, referente a la entrada de los
franceses en Córdoba y al sa queo de aquella hermosa ciudad. Esto y el encuentro de algunos
dispersos de la partida de Echevarri nos inclinó a tomar el camino de Écija; pero el día 16
supimos que los franceses habían evacuado a Córdoba; y adoptando nuestro primitivo itinerario,
divisamos en la mañana del 18 un inmenso caserío blanco, que destacaba sobre el verde azul de
la lejana sierra infinidad de torres, minaretes, espadañas y cimborrios.
Nota a pie de página:
[1] Esto pasó en Mérida en 23 de junio.
XI
Córdoba, la ciudad de Abdherranmán; la Meca de Occidente, la que fué maestra del género
humano, la vieja andaluza, que aún se engalana con algunos restos de su antigua grandeza;
todavía hermosa, a pesar de los siglos guerreros que han pasado por ella; ya sin Zahara, sin
academias, sin pensiles, sin aquellas doscientas mil casas de que hablan los cronistas árabes; sin
califa, sin sabios, pero orgullosa aún de su mezquita-catedral, la de las ochocientas columnas;
triste y religiosa, habiendo substituído el bullicio de sus bazares con el culto de sus sesenta
iglesias y sus cuarenta conventos; siempre poética y no menos rica en la decadencia cristiana que
en el apogeo musulmán; ciudad que hasta en los más pequeños accidentes lleva el sello de los
siglos; tortuosa, arrugada, defendiéndose de la luz como si quisiera ocultar su vejez; escondida
 
 
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