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Bailén

—Falta lo principal: falta la espada.
Al punto las miradas de todos fijáronse con cierto respeto en un venerable armario de añejo roble
que en el testero principal de la habitación desde largos años existía. Acercóse a él la Sra.
Condesa, y abriéndolo, sacó una espada larguísima, con su vaina y tahalí, las tres piezas muy
marcadas con el sello de honrosa antigüedad. Desenvainó el acero la propia D.ª María con gesto
majestuoso, aunque sin ninguna afectación de brío varonil, y luego que lo hubo contemplado un
instante, volvió a meterlo en la vaina, entregándolo después a su hijo. Era una hermosa hoja
toledana de cuatro mesas y de una vara y seis pulgadas de largo. En la cazoleta o taza cabía
holgadamente un azumbre, y sus gavilanes nielados de oro, lo mismo que el arriaz, daban
aspecto artístico y lujoso a la empuñadura. Tenía en las dos fachadas del puño el escudo de los
Rumblares, y en el pomo una cabeza con la empresa del armero toledado Sebastián Hernández.
En la hoja, algo roñosa, se podía deletrear, aunque con trabajo, la inscripción grabada en uno de
sus lados: Pro Fide et Patria, Pro Christo et Patria, Pro Aris et Focis, Inter Arma silent Leges.
Colgóse al cinto esta poderosa ilustre tizona el joven D. Diego, para cuyas manos era peso
exorbitante; mas él, orgulloso de llevarlo, hizo un gesto poco favorable a los propósitos del
invasor de España, y se preparó a salir. Prorrumpieron en copioso llanto Asunción y
Presentación, lo cual dió al traste con la forzada entereza del Condesito, destinado a ser el terror
de la Francia, y pasando de los pucheros a los hipidos, y de los hipidos a una violenta explosión
de lágrimas, atronó la casa por espacio de un cuarto de hora. Ni por esas perdió D.ª María su
serenidad, hablando a su hijo de asuntos extraños a la guerra.
—Lo primero que has de hacer cuando llegues a Córdoba es visitar a mis primas y entregarles
estas cartas. Mira, aquí van las señas de su palacio. Harto sentimos que no pueda celebrarse la
boda concertada; pero Dios lo quiere así, y la patria es lo primero. Algún día será. Di a esas
señoras que si vuelven pronto a Madrid, no les perdono que pasen sin detenerse algunos días en
ésta su casa.
Luego, tomando distinto tono, habló así:
Hijo mío, cuidado con lo que haces. Observa la mejor conducta: mira que vas a combatir al
enemigo y a defender la Religión, la Patria, el Estado y el Rey. Si cobarde vuelves la espalda, no
vuelvas jamás a mi casa, ni te acuerdes nunca de tu madre, ni cuentes ya con su tierno cariño....
Su indignación, su aborrecimiento eterno: he aquí la recompensa que te aguarda.
He subrayado estas palabras porque son puntualmente históricas: constan en papeles impresos de
aquel tiempo, que puedo mostrar al que verlos desee. La mujer que los pronunciara (pues no fué
D.ª María, y el atribuirlo a ésta es de mi exclusiva responsabilidad) añadió lo siguiente,
dirigiéndose a otras madres que despedían a sus hijos en las puertas del pueblo:
Compañeras, si en las batallas llegan a morir todos los hombres, triunfaremos nosotras[1].
Salimos de la casa, tomando cada cual la cabalgadura que se le había destinado, juntamente con
un sable y dos pistolas. El bagaje se repartió entre todos. Un criado antiguo se había encargado
del dinero, otro llevaba las ropas del señorito; Marijuán llenaba sus alforjas con abundantes
provisiones, y en mi grupera pusimos varios encargos y las cartas que D. Diego debía entregar
en Córdoba. Cuando yo las acomodaba en mi equipaje, pude ver de soslayo los sobres, y me
 
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